domingo 21 de octubre de 2018




La tentación populista de Brasil en época de elecciones

16 septiembre, 2018 en:


Este es el peligro de que candidatos de tendencia populista encabecen la lista de los preferidos.

Por: Luiz Felipe d’Avila

La mayor economía de América Latina está sumida en una larga crisis política, agravada por la tentación del populismo. Como una droga, este ha atraído a los brasileños con fantasiosas promesas de mayores estándares de vida y más bienestar. Sin embargo, los presidentes populistas han registrado durante 16 años índices récord de desempleo, elevados déficits presupuestarios, el regreso a la pobreza de millones de personas y la peor recesión económica en un siglo.

Los populistas también han dejado un legado de corrupción. El escándalo de la operación Lava Jato expuso un largo listado de políticos deshonestos, funcionarios delincuentes y gente de negocios de dudosa reputación, todos los cuales se enriquecieron robando al Estado. Cabría suponer que, tras soportar tantos desastres de gobierno, los brasileños estarían ansiosos por hacer un cambio. Lo veremos el 7 de octubre, cuando se realice la primera vuelta de unas elecciones generales de crucial importancia –la segunda está programada para el 28–. Sin embargo, por ahora el país no parece muy dispuesto a salir de su hábito populista. Por el contrario, el populismo nunca ha sido más fuerte.

En 1994 y 1998, los brasileños eligieron como presidente a Fernando Henrique Cardoso, que acabó con la hiperinflación, reformó las instituciones del Estado y puso al país en el camino a una gobernanza estable y democrática. No obstante, en cada elección desde entonces los populistas han vuelto al poder, en un periodo que solo acabó cuando en 2016 se impugnó y sacó del cargo a la presidenta Dilma Rousseff, tras acusaciones de haber manipulado el presupuesto federal para esconder problemas en la economía. Su predecesor y mentor Luiz Inácio Lula da Silva fue arrestado en abril de 2018 debido a su implicación en el caso Lava Jato.

Increíblemente, estos actos ilícitos no parecen afectar a los candidatos populistas actuales. Las encuestas de opinión en junio de este año –y antes de la decisión de la Corte de Brasil de rechazar su candidatura– mostraron que Lula, que sigue en la cárcel, lideraba la carrera electoral, seguido del congresista populista y exmilitar, Jair Bolsonaro, que solo propone soluciones vulgares –y a menudo violentas– a los complejos problemas del país. Una de sus propuestas es dar armas de fuego a la gente para combatir la violencia.

El único candidato reformista con alguna posibilidad de ganar es Geraldo Alckmin, exgobernador de São Paulo, recientemente acusado por la justicia brasileña de recibir financiación irregular durante su candidatura a ese cargo. Ha prometido abrir la economía, privatizar empresas públicas y simplificar el caótico embrollo legal y normativo que impide la inversión en infraestructura crucial como puertos, carreteras y ferrocarriles. Y, con una plataforma churchilliana de “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”, no evita hablar de las duras reformas que Brasil necesita, como modernizar el sistema de pensiones, simplificar el código tributario y restablecer la capacidad de rendición de cuentas del proceso político.

Bolsonaro, que solo propone soluciones vulgares –y a menudo violentas– a los complejos problemas del país. Una de sus propuestas es dar armas de fuego a la gente para combatir la violencia.

La mayor economía de América Latina está sumida en una larga crisis política, agravada por la tentación del populismo. Como una droga, este ha atraído a los brasileños con fantasiosas promesas de mayores estándares de vida y más bienestar. Sin embargo, los presidentes populistas han registrado durante 16 años índices récord de desempleo, elevados déficits presupuestarios, el regreso a la pobreza de millones de personas y la peor recesión económica en un siglo.

Los populistas también han dejado un legado de corrupción. El escándalo de la operación Lava Jato expuso un largo listado de políticos deshonestos, funcionarios delincuentes y gente de negocios de dudosa reputación, todos los cuales se enriquecieron robando al Estado. Cabría suponer que, tras soportar tantos desastres de gobierno, los brasileños estarían ansiosos por hacer un cambio. Lo veremos el 7 de octubre, cuando se realice la primera vuelta de unas elecciones generales de crucial importancia –la segunda está programada para el 28–. Sin embargo, por ahora el país no parece muy dispuesto a salir de su hábito populista. Por el contrario, el populismo nunca ha sido más fuerte.

En 1994 y 1998, los brasileños eligieron como presidente a Fernando Henrique Cardoso, que acabó con la hiperinflación, reformó las instituciones del Estado y puso al país en el camino a una gobernanza estable y democrática. No obstante, en cada elección desde entonces los populistas han vuelto al poder, en un periodo que solo acabó cuando en 2016 se impugnó y sacó del cargo a la presidenta Dilma Rousseff, tras acusaciones de haber manipulado el presupuesto federal para esconder problemas en la economía. Su predecesor y mentor Luiz Inácio Lula da Silva fue arrestado en abril de 2018 debido a su implicación en el caso Lava Jato.

Increíblemente, estos actos ilícitos no parecen afectar a los candidatos populistas actuales. Las encuestas de opinión en junio de este año –y antes de la decisión de la Corte de Brasil de rechazar su candidatura– mostraron que Lula, que sigue en la cárcel, lideraba la carrera electoral, seguido del congresista populista y exmilitar, Jair Bolsonaro, que solo propone soluciones vulgares –y a menudo violentas– a los complejos problemas del país. Una de sus propuestas es dar armas de fuego a la gente para combatir la violencia.

El único candidato reformista con alguna posibilidad de ganar es Geraldo Alckmin, exgobernador de São Paulo, recientemente acusado por la justicia brasileña de recibir financiación irregular durante su candidatura a ese cargo. Ha prometido abrir la economía, privatizar empresas públicas y simplificar el caótico embrollo legal y normativo que impide la inversión en infraestructura crucial como puertos, carreteras y ferrocarriles. Y, con una plataforma churchilliana de “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”, no evita hablar de las duras reformas que Brasil necesita, como modernizar el sistema de pensiones, simplificar el código tributario y restablecer la capacidad de rendición de cuentas del proceso político.

Bolsonaro, que solo propone soluciones vulgares –y a menudo violentas– a los complejos problemas del país. Una de sus propuestas es dar armas de fuego a la gente para combatir la violencia.

Las elecciones de octubre marcarán el rumbo de Brasil para la próxima década. La pregunta es si el electorado votará con sus instintos o con cordura. El voto instintivo profundizaría el caos social, político y económico del país, en una ola populista que transformaría un Brasil ya enfermo en un paciente terminal.

Pero si prevalece la razón, Brasil puede volver a prosperar. Las reformas fortalecerán la economía y la gobernanza eficaz, y la estabilidad política ofrecerá una alternativa viable a la atracción que ejerce el populismo. El candidato Alckmin tiene razón: imitar la reinvención política de Francia es mejor opción que volver al pasado. Cabe esperar que los brasileños estén de acuerdo con él.

LUIZ FELIPE D’AVILA
Fundador del Centro de Liderazgo Público de Brasil
©Project Syndicate
São Paulo

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