viernes 14 de diciembre de 2018




Trump, los aranceles y la realidad


Los aranceles aduaneros que piensa implementar Donald Trump no salvarán a la industria siderúrgica estadounidense, ni tampoco hundirán a la industria alemana, opina Henrik Böhme.

Tal vez fue como un desahogo, después del caos de personal en la Casa Blanca, que resultó en la salida de la jefa de Comunicación y ocupó una vez más los titulares del mundo: “Si no logro manejar los problemas en mi propio país, entonces pruebo aplicando más aranceles aduaneros.” Y es así como Donald Trump, una vez más, no pudo con su genio. Luego de un encuentro con representantes de la industria del acero, en el que se planeaba debatir los pro y contra de las multas aduaneras, Trump volvió a las andadas.

Dijo que aplicará aranceles a todas las importaciones de aluminio que realice EE. UU. En las próximas semanas, con la magnificencia acostumbrada y rodeado seguramente de trabajadores del Rust Belt, firmará el decreto presidencial al respecto. Allí, en el “cinturón de óxido”, en el noreste de los Estados Unidos, latió una vez el corazón de la industria siderúrgica estadounidense. Y allí fue donde Trump obtuvo muchos de sus votos.

Ahora habrá que esperar hasta que el presidente estadounidense firme el decreto, ya que aún no hay claridad sobre los detalles. Un tiempo que la Unión Europea debería aprovechar para terminar su lista de contrasanciones. ¡Marchemos entonces hacia una guerra comercial!

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Henrik Böhme, de DW. Henrik Böhme, de DW.

De este lado del Atlántico cunde el nerviosismo, ya que algunas empresas europeas podrían verse afectadas por la decisión de EE. UU. Miles de puestos de trabajo en Europa estarían en peligro. Y todos piensan que es injusto lo que hace Trump, quien, a su vez, dice comprometerse con el comercio justo. Todo eso contraviene las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Son los reflejos condicionados de siempre. Pero no solo Alemania reacciona así, sino también la Unión Europea, Canadá -lo cual no sorprende, ya que un 85 por ciento de las exportaciones de acero canadienses van hacia EE. UU.-, y de Brasil, otro proveedor importante de acero de ese país.

En principio, Donald Trump no lo niega. Defiende el mercado interno estadounidense porque está en contra de la globalización. Y a quién podría sorprender ya eso. Lo que le interesa es que 10 fábricas acereras cerraron en los últimos 20 años, y que miles de personas perdieron su trabajo. Y eso en una época en la que la producción mundial de acero aumentó en cerca de un 130 por ciento. China es el mayor impulsor de ese crecimiento, ya que, debido a sus inmensos recursos, ha producido una sobreoferta de consecuencias dramáticas en el mercado mundial.

¿Tendrá éxito la medida de Trump?

Claro que EE. UU. también podría haber reaccionado al problema de otro modo: especializándose en determinadas áreas de la producción de acero, o reformando los grupos empresarios hasta convertirlos en grupos industriales. En Alemania lo está intentando actualmente con cierto éxito Thyssenkrupp. Pero EE. UU. no tomó esas medidas. Y eso no se le puede achacar a Trump, que dijo, casi como disculpándose, que no está enfadado con los otros países que hicieron, simplemente, mejores tratos. Y que él, experto en tratos, va a cambiar eso ahora.

Para cerrar un trato, sin embargo, hacen falta dos partes, y en tiempos del comercio global, a veces más de dos. Es decir, que podemos partir de que la medida proteccionista de Trump provocará rechazo y será reprobada. Y los que se vean amenazados por los aranceles, buscarán otros mercados. También podría pasar que el acero de China inunde Europa. Y si su plan de crear miles de nuevos empleos en la industria siderúrgica estadounidense funciona, todavía está por verse. Es probable que las sanciones vuelvan como un bumerang y encarezcan los productos en EE. UU.

Paneles solares chinos: un ejemplo

Por eso, ahora podría ser el momento justo para que organizaciones multilaterales, como la OMC y el G20, entraran en acción. Desde la cumbre del G20 de 2016, los 20 países líderes industrializados y emergentes crearon un grupo de trabajo que se ocupa de la sobreoferta en el mercado acerero. Con poco éxito. Los chinos redujeron un poco su producción, pero eso es todo. ¿Y la Organización Mundial del Comercio? Un tigre de papel de primera clase que desde hace una eternidad está tratando de concretar un acuerdo mundial de comercio. Claro que los países afectados podrían presentar una queja ante la sede de la OMC, en Ginebra, pero eso no le interesará a Donald Trump, que, además, considera que la OMC es una institución obsoleta, cara e ineficiente.

Pero quizás Trump  podría preguntar a sus asesores qué ocurrió dos años atrás, cuando los europeos, en base a normas de la OMC, iniciaron un juicio antidumping contra los chinos porque sus módulos solares estaban llevando a la ruina a cantidades de fabricantes europeos. Al final, la Unión Europea aplicó aranceles aduaneros contra China, algo que no ayudó demasiado a los productores europeos. Ninguna de las empresas que cayeron en bancarrota pudo levantarse luego de sus cenizas, como el ave fénix. Y no estaría mal que Trump le preguntara a George W. Bush si tuvo éxito con las multas aduaneras a las importaciones de acero del 30 por ciento que impuso en 2002. El tiro le salió completamente por la culata, y decenas de miles de trabajadores del acero estadounidenses perdieron sus empleo.

Autor: Henrik Böhme (CP/ERS)

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