Hay una trampa comunicacional que se está volviendo política de Estado: confundir “baja inflación” con “bienestar”. El número puede bajar, sí. Pero si baja a costa de congelar la economía real, lo que se obtiene no es estabilidad: es anestesia. Y el problema de la anestesia es que, cuando se pasa el efecto, el dolor vuelve con intereses.
El mercado espera que 2025 cierre con una inflación anual en torno al 31%, la más baja desde 2017/2018 según distintas proyecciones y coberturas. Es un dato relevante, nadie lo niega. Lo que se discute es el “relato” que pretende convertir ese dato en prueba de un modelo saludable. Porque la inflación puede desacelerar mientras la gente se hunde, si el mecanismo es frenar consumo, cortar gasto, licuar ingresos y sostener un régimen de tasas que castiga al que produce.
La economía real está fría y lo dicen los indicadores
- Ventas minoristas pyme: en diciembre registraron una caída interanual de 5,2% a precios constantes. Eso no es “sensación”, es mostrador vacío.
- Industria: el INDEC informó para noviembre una caída del IPI manufacturero de 8,7% interanual. Sin industria, la “estabilidad” no genera trabajo de calidad: genera resignación.
Cuando el consumo cae y la industria retrocede, la inflación baja… pero por depresión de demanda, no por competitividad genuina ni por una estructura de costos ordenada.
Tasas altas: el “candado” que también encierra a la inversión
El propio BCRA reconoce para 2026 un sesgo contractivo mientras la inflación local siga por encima de la internacional. Y los datos de tasas del sistema muestran niveles elevados (BADLAR/TAMAR) que encarecen el crédito y empujan a empresas y familias a financiarse caro o directamente a no financiarse.
Con tasas así, la inversión productiva se posterga, la rueda se frena y el “logro antiinflacionario” queda atado a un país que camina lento.
Inflación baja que “no se siente”: el núcleo del problema político
La desaceleración no se vive igual en todos los rubros. Incluso en informes internacionales se señala que, mientras algunos bienes se abaratan o estabilizan, servicios como alquileres y tarifas siguen presionando.
En criollo: la inflación puede aflojar en góndola y seguir golpeando en alquiler, luz, gas, transporte, salud. Ahí es donde la gente dice “no me cierra”.
Y se suma un factor decisivo: en 2026 se implementaría una nueva metodología del IPC que daría más peso a servicios, justamente los que vienen corriendo más rápido. Eso puede volver más difícil mostrar “inflación baja” sin resolver la dinámica de precios regulados y servicios.
El dato más tóxico: endeudamiento masivo
En este esquema, el consumo no desaparece: se financia. Y eso es dinamita social. Un informe citado en mayo de 2025 sostenía que 9 de cada 10 hogares arrastraban deudas.
Si el “éxito” macro se sostiene con familias al límite y tarjeta como respirador, no es estabilización: es fragilidad acumulada.
La meta 2026 (10,1%) suena inviable con esta combinación
El Presupuesto 2026 prevé 10,1% de inflación anual. Para lograrlo, no alcanza con seguir enfriando: haría falta productividad, crédito razonable, salarios compatibles, precios regulados con hoja de ruta y un esquema de competencia que no destruya tejido productivo.
Con industria cayendo, ventas retraídas, servicios presionando y deuda doméstica alta, el escenario más probable es que la inflación no converja a ese objetivo sin costos sociales y productivos todavía más duros.
Si la baja de la inflación llega como un trofeo pero viene acompañada de caída de ventas, retroceso industrial, crédito caro y hogares endeudados, entonces el gobierno no está resolviendo el problema: lo está pateando hacia 2026/2027 con una economía debilitada.
La pregunta que importa no es “¿cuánto dio diciembre?”, sino: ¿cuánto aguanta el país real si la receta para bajar precios es apagar el motor?.
