Perico Noticias, 14 de enero del 2026 // El Gobierno celebrará el dato, y en parte tiene con qué: la inflación de diciembre fue 2,8% y el año terminó con 31,5% interanual. No es menor en un país donde la inflación fue durante años el impuesto más cruel y más silencioso. Pero el problema real es otro: Argentina está pagando esa desaceleración con una economía anestesiada, con consumo encogido y con familias que sobreviven administrando deuda, cuotas y “pateos” de gastos esenciales.
La inflación no baja “de manera real” cuando baja a costa de apagar el motor. Baja, sí, pero como baja la fiebre cuando al paciente le falta sangre: el indicador mejora mientras el cuerpo se deteriora. La micro lo grita: ventas planchadas, rubros que no reactivan, Pymes sin espalda, empleo que se vuelve más precario y una tasa de interés que, en la práctica, castiga la inversión productiva y premia la bicicleta del corto plazo. En ese esquema, la estabilidad es más un equilibrio de congelamiento que un sendero virtuoso.
Y ahí aparece el corazón del conflicto: las metas. En el debate del Presupuesto 2026 circuló la idea de un sendero de inflación bajísimo: análisis citados por ASAP señalan que el proyecto trabajaba con una variación del IPC del 10,1% (dic-26 vs dic-25). Ese número, en la Argentina real, suena a brochure. No porque sea “imposible” en términos matemáticos, sino porque sería incompatible con lo que ya se observa: tarifas, costos logísticos, puja distributiva, tipo de cambio, recomposición de ingresos y la presión de una economía que, si intenta moverse, vuelve a recalentar precios.
Entonces, el Gobierno entra en su dilema más peligroso: si quiere sostener la baja, debe profundizar el ajuste, y eso significa trasladar tensión a las provincias y a los segmentos más vulnerables. Cuando Nación se queda sin margen político o fiscal, el ajuste se terceriza: menos transferencias, más responsabilidades locales, más fricción social en municipios y gobernaciones. Resultado: la gobernabilidad se vuelve un activo escaso y la economía deja de ser un programa para convertirse en un frente de batalla.
En paralelo, la política intenta suplir lo que la economía todavía no entrega. Milei entiende que, si no hay “conquistas” tangibles —mejores salarios reales, empleo privado, crédito accesible, consumo recuperado—, la campaña se empuja hacia lo emocional y lo identitario: épica anti-casta, polarización cultural y alineamientos globales. Allí aparece el factor Trump como símbolo movilizador para su base: una narrativa de pertenencia internacional que puede ordenar adhesiones incluso cuando el bolsillo no acompaña. Es duro decirlo, pero un electorado golpeado a veces se aferra a un relato de fuerza, aunque la vida cotidiana no mejore al ritmo prometido.
Conclusión incómoda: si la inflación baja pero la Argentina se apaga, no hay triunfo; hay pausa. Y una pausa no es un modelo. El país no necesita solo números “lindos” en una placa: necesita un plan que genere divisas, inversión y empleo sin convertir a la sociedad en variable de ajuste permanente. Porque si la desinflación llega sin recuperación, 2027 no será un plebiscito de éxito, sino una elección donde el oficialismo buscará sostenerse más por identidad y geopolítica que por resultados económicos.
