El Gobierno festeja la inflación como si fuera un campeonato. Sí: el IPC de diciembre fue 2,8% y el año cerró en 31,5%, el registro más bajo en varios años. Pero ese número, por sí solo, no describe estabilidad: describe cómo se llegó. Y el “cómo” es lo que hoy está rompiendo la calle silenciosamente: salarios contenidos, consumo apagado, tarifas y alimentos presionando, y un crédito que ya no sostiene la vida cotidiana sino que la hipoteca.
Porque la verdad operativa es esta: la inflación dejó de caer “en automático” y empezó a mostrar un piso. El propio análisis periodístico con base en INDEC destaca que diciembre fue más alto que noviembre y que la tendencia negativa se viene profundizando desde mediados de 2025. ¿Qué significa en criollo? Que el supuesto ancla no ancla: aguanta mientras enfría la economía y disciplina ingresos.
Y ahí aparece el dato que debería abrir todos los noticieros: morosidad récord. Hay registros que ubican la mora en créditos personales cerca del 9,9% (máximo en dos décadas) y la mora en tarjetas alrededor del 7,7%, también en niveles récord. Esto no es una estadística bancaria: es el termómetro de un país donde el sueldo ya no alcanza para el mes y el financiamiento se volvió un salvavidas… de plomo.
En este contexto, la meta de inflación del Presupuesto 2026 —del orden del 10% anual— queda en zona de fantasía. No porque “falten ganas”, sino porque el modelo actual no genera expansión genuina: genera ajuste, caída de actividad y, como consecuencia, más presión sobre provincias y sectores vulnerables (salud, educación, asistencia social) cuando la recaudación afloja. El Estado nacional se “ordena” trasladando el costo hacia abajo, y abajo ya no hay margen.
Lo más delicado es el clima social: en otros ciclos, una combinación de caída de ventas, despidos y deuda familiar habría disparado una ola de protestas. Hoy, en cambio, domina el agotamiento: la gente resiste, recorta, patea pagos, reestructura, entra en mora. Pero esa paciencia no es infinita. Cuando se termina el crédito, aparece el enojo. Y cuando el relato ya no puede colgarse de la “baja” de inflación como único activo, el poder busca otro combustible emocional. Ahí, el riesgo país real no es financiero: es el de una sociedad empujada al límite, mientras le venden un festejo pírrico como si fuera prosperidad.
