Canadá rompe el silencio en Davos: “No queremos elegir entre hegemonías”

Canadá rompe el silencio en Davos: “No queremos elegir entre hegemonías”

Perico Noticias, 21 de enero del 2026 // En Davos ocurrió algo inusual: Canadá dejó de hablar en voz baja. El primer ministro Mark Carney elevó el tono y, sin estridencias, lanzó un mensaje que incomoda porque apunta al nervio del presente: ya no manda el derecho; manda la fuerza. En un foro acostumbrado a la diplomacia perfumada y a la ambigüedad calculada, Carney eligió otra ruta: la de la honestidad política, la cooperación y el rechazo explícito al abuso de poder. No es un discurso más: es un intento de reponer una brújula ética en un tablero donde muchos prefieren fingir normalidad.

La referencia a Václav Havel no fue decorativa: fue una señal de enfoque. Havel entendía que la verdad puede ser una forma de resistencia cuando el sistema se sostiene en el cinismo y en la obediencia. Carney parece haber tomado esa idea para traerla al siglo XXI: cuando una potencia impone condiciones sin disimulo —territorio, alianzas, comercio, seguridad—, el peor error de los aliados y de los neutrales es actuar como si nada hubiera cambiado. Por eso la frase que resume la doctrina canadiense —“no queremos elegir entre hegemonías”— no es un capricho: es una declaración estratégica. Canadá no se postula como antiestadounidense; se postula como antiabuso, venga de donde venga.

Este mensaje pega donde duele porque desarma el libreto clásico: el mundo ya no está ordenado en “socios” y “enemigos”, sino en dependencias. Y Davos lo expuso con crudeza: si el poder se ejerce como presión, entonces la soberanía se vuelve un activo negociable. Carney advierte que aceptar ese clima sin resistencia moral no solo debilita a los más chicos: corrompe a los medianos y vuelve irrelevantes a las instituciones. En otras palabras: el precio de callar hoy es vivir mañana en un mundo donde el abuso se normaliza y la cooperación se convierte en subordinación.

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Para Europa, el discurso es una bofetada de realidad y, a la vez, una salida elegante: si Europa no logra autonomía estratégica, quedará atrapada en una opción falsa —alinearse por miedo o romper por desesperación—. Carney sugiere una tercera vía: coherencia interna, cooperación entre democracias y límites claros al poder, incluso cuando ese poder venga del “propio bloque”. Europa necesita esa narrativa porque su crisis no es solo económica o energética: es de autoridad moral. Y sin autoridad moral, no hay liderazgo; hay administración de daños.

Para América Latina, el mensaje es todavía más relevante. La región suele ser tratada como “zona de influencia”, no como socio pleno. La frase “no queremos elegir entre hegemonías” puede traducirse en política concreta: diversificar vínculos sin arrodillarse, negociar sin entregar soberanía, y construir cooperación regional para no quedar a merced de presiones cruzadas. El riesgo para América Latina no es elegir mal; es no tener margen para elegir. Carney, desde el Norte, está diciendo algo que el Sur conoce hace décadas: cuando la fuerza manda, el que está solo pierde.

Lo que vuelve potente este discurso no es la épica: es el timing. Llega cuando el mundo entra en fase de reparto y reordenamiento, donde los poderosos reescriben prioridades y los demás corren detrás. Carney propone lo contrario: dejar de correr y empezar a poner condiciones. No es romanticismo: es gestión del riesgo. Porque si la política internacional se vuelve una competencia de intimidación, la única defensa durable es una alianza de coherencias: transparencia, reglas verificables, cooperación real, y límites al abuso.

En síntesis, Canadá no salió a dar cátedra; salió a marcar un umbral: o se recupera la política con principios, o el siglo se escribe con cinismo. Y cuando el cinismo se instala, la democracia se debilita, el comercio se militariza, las fronteras se discuten y la verdad se vuelve un estorbo. Carney, en Davos, eligió que la verdad vuelva a ser herramienta. Eso, hoy, ya es un acto de resistencia.

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