Perico Noticias, 24 de enero del 2026 // Argentina discute “libertad” como si fuera una bandera neutral, pero en la economía real la libertad tiene dueño. Cuando el mercado se concentra, la competencia se vuelve relato, y lo que queda es un sistema donde pocos actores integran producción, logística, crédito y datos. Ya no ganan solo por vender más: ganan porque controlan el acceso. Fijan precios, condiciones y hasta el ritmo de la vida cotidiana. La economía “se achica” para las mayorías, mientras el poder se integra.
El dato duro confirma el cambio de época: según el economista Ernesto Mattos, en 2025 la participación del trabajo siguió en retroceso y cayó 6% en los primeros nueve meses, mientras el capital recuperó 9%. Y si se mira más largo, el trabajo pasó de 54,2% (IT16) a 43,4% (IIIT25), una pérdida cercana a 11 puntos, mientras el capital subió de 35,3% a 44,2%. Traducido: los salarios y jubilaciones pierden terreno estructural frente a la renta y la ganancia. No es “coyuntura”: es redistribución regresiva.
En paralelo, la desigualdad no es una sensación: el coeficiente de Gini, que en 2015 rondaba 0,41, subió desde 2018 y se movió en torno a 0,43–0,45. Puede parecer poco en números, pero es enorme en vida real: más hogares cayendo, más trabajadores con ingresos insuficientes, más chicos con futuro hipotecado. Y en ese esquema, la promesa de “que el mercado ordena” suena a excusa: el mercado ordena, sí, pero a favor del que ya domina la cancha.
La novedad estratégica es otra: el activo decisivo dejó de ser solo la fábrica o la tierra. Ahora manda quien predice. Datos, atención, algoritmos, scoring, logística, billeteras, plataformas. Quien controla flujos digitales y físicos captura renta en cada eslabón y expulsa al pequeño competidor sin necesidad de prohibirlo. Lo asfixia por precio, por financiamiento, por visibilidad, por distribución. Eso no es libertad: es arquitectura de poder.
Y el NOA, otra vez, queda encajonado en el rol más caro: proveedor barato de materia prima y consumidor caro de bienes y servicios. Exporta recursos, importa precios. Tiene margen fiscal limitado, menos infraestructura logística, menos densidad de crédito productivo, y poca capacidad de negociar frente a conglomerados que operan con escala nacional o global. La “libertad” no llega como oportunidad: llega como factura.
Cuando la desigualdad sube, el manual neoliberal ofrece dos salidas conocidas: ajustar el Estado para “equilibrar” y confiar en que la riqueza “derrame” desde arriba. O sea: disciplina para los de abajo y paciencia como política pública. Pero la paciencia no paga alquiler, no llena la heladera, no financia emprendimientos, no sostiene pymes. Sin reglas pro-competencia, sin políticas activas para el trabajo formal y la economía regional, lo que crece no es el mercado: crece la dependencia.
La pregunta incómoda es moral y política: ¿a quién le conviene la desigualdad? Porque si el modelo concentra, empobrece y encima se vende como libertad, estamos ante marketing, no ante una utopía posible. La libertad verdadera empieza cuando nadie queda prisionero de precios, monopolios y salarios licuados. Si no, es la libertad de elegir… entre perder o perder.
