Perico Noticias, 2026 //Hay una frase que se volvió diagnóstico colectivo en Jujuy. No sale de un paper, ni de una oficina con aire acondicionado: sale de la góndola, del remis, del kiosco, del mostrador y del living donde se decide qué se paga y qué se patea. “Aunque baje la inflación, igual no llego” no niega la macroeconomía: la desnuda. Porque cuando el ingreso real se achica, la baja de la inflación puede ser apenas un dato técnico mientras la vida sigue cara, desigual y áspera.
Un relevamiento local (1755 casos) lo refleja con crudeza: el 61% pide como prioridad provincial mejorar salarios y jubilaciones. Recién después aparecen las reformas (17%) y la inflación (10%). Es un orden que incomoda a los discursos de laboratorio. La gente no está pidiendo una consigna: está pidiendo aire. En provincias como la nuestra, donde el consumo cotidiano sostiene al comercio, a los servicios y a miles de trabajadores formales e informales, el “bolsillo” no es un tema más: es el motor o el freno de toda la economía territorial.
La inflación puede moderarse y, sin embargo, el sistema seguir siendo invivible. ¿Por qué? Porque el problema no es solo el porcentaje, sino la relación entre precios y salarios. Si los ingresos suben por escalera y el costo de vida sube por ascensor —o si sube menos pero queda en un nivel alto— el resultado es el mismo: la mayoría ajusta en comida, ropa, salidas, medicina y mantenimiento del hogar. Y cuando el consumo se contrae, cae la actividad, cae la recaudación y se rompe el círculo virtuoso mínimo que permite a una provincia “respirar”.

Jujuy lo siente doble. Por un lado, porque tiene una estructura laboral donde conviven empleo público, privado, informalidad y changa; por otro, porque el Estado provincial y municipal termina funcionando como amortiguador de una economía que no siempre genera trabajo suficiente. Por eso el dato también es político: “achicar el Estado” apenas junta 7%. No es romanticismo estatista; es pragmatismo social. En territorios con demanda laboral limitada, “achicar” sin reemplazo productivo se traduce como miedo: más desocupación, menos consumo, más tensión social.
El 17% que pide reformas existe y merece lectura fina: es el bloque que cree que sin cambios estructurales no habrá inversión ni empleo formal. Pero está en minoría frente a la urgencia de ingresos. En términos de gobernabilidad, esto es determinante: reformas sin un puente de compensación —salarios, jubilaciones, empleo real— se perciben como agenda de otros, no como salida propia. No alcanza con prometer futuro si el presente viene con heladera vacía y farmacia cara.
Y hay otro dato que grita, aunque sea chico: dolarizar apenas marca 3%. No porque la gente no quiera estabilidad, sino porque cuando la discusión entra en modo supervivencia, las propuestas extremas pierden tracción: el ciudadano pide lo concreto. Trabajo, sueldo, jubilación, precios que no sean castigo. En la calle no se discute doctrina: se discute la lista del súper.
La conclusión es tan incómoda como inevitable: si el gobierno nacional festeja indicadores mientras el ingreso real sigue bajo, va a chocar con una verdad territorial. Jujuy no es una planilla: es una provincia que vive de su mercado interno, de su comercio, de sus servicios, de sus economías regionales y de una base social que ya está al límite. En ese escenario, la baja de la inflación puede ser condición necesaria, pero no suficiente. Porque la pregunta que manda no es cuánto baja el índice: es cuánto sube la vida.
La política debería escuchar lo que la sociedad ya dijo con claridad: si el salario y la jubilación no recuperan, todo lo demás es relato. Y cuando la gente no llega, no discute modelos: discute legitimidad.
