Perico Noticias, 26 de enero del 2026 // Jujuy entró en “modo supervivencia”: menos fondos que bajan, más obligaciones que suben. Con los gastos fijos trepando y la coparticipación perdiendo pulso, los municipios quedan atrapados entre la urgencia social y la caja que no alcanza. La pregunta no es técnica: es política y cotidiana. ¿Quién sostiene el territorio cuando el centro decide recortar?
Hay una escena que se repite en toda la provincia y no necesita cámaras: filas en cajas municipales, vecinos calculadora en mano, funcionarios contando monedas, y una palabra que atraviesa todo: fijo. Lo fijo ya no es el sueldo, lo fijo es lo que hay que pagar sí o sí: luz, gas, transporte, alquiler, comida, medicamentos, conectividad. Esa mochila no discute ideologías: se paga o se cae. Y cuando la vida se rigidiza, la economía local se vuelve frágil como vidrio.
En ese marco, la coparticipación —ese “sueldo” del sistema provincial y municipal— entra en terapia intensiva. No porque sea mala por naturaleza, sino porque se volvió la línea de vida de un modelo donde los municipios hacen de Estado de cercanía: tapan baches, sostienen deporte, asisten a familias, obra pública, arreglan luminarias, contienen conflictos, gestionan seguridad comunitaria, mantienen espacios públicos. Cuando Nación achica, el territorio no puede achicar al mismo ritmo: la demanda social no firma decretos, golpea la puerta.
Jujuy lo siente doble. Primero, por su estructura: mucha economía de servicios, comercio chico, empleo precario y estacionalidad; segundo, por su geografía: distancias largas, logística cara, pueblos donde el municipio no es una oficina, es el corazón operativo. Si la caja se corta, no se frena un “programa”: se frena una ambulancia de recursos que sostiene la convivencia. Y cuando se corta la convivencia, el costo político lo paga el intendente… aunque la decisión haya nacido a mil kilómetros.
Entonces aparece la paradoja más humana y más incómoda: el vecino no quiere pagar más, pero necesita que el municipio funcione mejor. Y tiene razón en ambas cosas. Nadie aplaude un aumento de tasas si siente que no mejora el servicio. Pero tampoco hay magia fiscal: con menos transferencias y más costos, la sostenibilidad se vuelve un equilibrio de alto riesgo. En criollo: el municipio queda entre el martillo de la calle y el yunque de la planilla.
En esa tensión, la discusión real no es “si el Estado sí o no”. La discusión es qué Estado, con qué prioridades, con qué productividad y con qué control. Porque hay una salida inteligente: ordenar, digitalizar, transparentar, auditar, simplificar trámites, cobrar mejor sin perseguir, premiar al buen contribuyente, abrir medios de pago, reducir costos internos. Eso es gestión moderna: cuidar la caja sin maltratar al contribuyente. Pero requiere conducción y coraje: el coraje de cortar privilegios internos antes de pedirle sacrificios a la gente.
Los gastos fijos en alza meten otro dato en la mesa: la mora. Cuando el ingreso no acompaña y lo fijo sube, la familia difiere pagos, cae en intereses, se endeuda, se frustra. Y ahí se rompe el tejido: el comercio vende menos, el municipio recauda menos, la provincia recauda menos, la coparticipación cae más. Es un círculo frío, silencioso, que no estalla: erosiona. El peor enemigo de Jujuy no es un titular ruidoso; es esa erosión lenta que empuja a cada familia a vivir al día y a cada municipio a administrar urgencias.
Por eso, hoy, la editorial no puede quedarse en la queja. Jujuy necesita una consigna seria: defender el territorio. Defenderlo es exigir reglas previsibles a Nación, sí. Pero también es mirar puertas adentro: eficiencia, prioridades claras, pactos fiscales locales razonables, y una política que entienda que gobernar no es posar, es sostener. Y si la coparticipación está en terapia intensiva, el tratamiento no es negar el diagnóstico: es una estrategia provincial y municipal que combine caja, producción, empleo y control, sin chamuyo.
Y el final tiene que ser épico porque es real: Jujuy no está pidiendo privilegios; está pidiendo oxígeno para seguir de pie. En la frontera, en la puna, en los valles, en las yungas, el Estado cercano no es una bandera: es la diferencia entre comunidad y abandono. Si el país decide ajustar desde arriba, que sepa esto: abajo no hay margen para el experimento. Jujuy no se rinde, pero tampoco se inmola. Se organiza. Y cuando un pueblo se organiza, la historia cambia de lado.
