Perico Noticias, 3 de febrero del 2026 // El Gobierno entró en una fase peligrosa: la de los números que ya no sostienen el discurso. Con la recaudación enfriándose por la caída del consumo —y con provincias también asfixiadas— el “equilibrio” empieza a parecer una postal de conferencia: bonita para la tribuna, frágil para la caja. La renuncia del jefe del INDEC en medio del escándalo por el nuevo índice de inflación fue la chispa que reactivó el peor fantasma: la duda sobre la verdad estadística. Y cuando el mercado duda, no debate: castiga.
La recaudación no cae “por casualidad”: cae porque se congeló la economía real
Cuando el consumo se enfría, el Estado empieza a caminar sobre hielo fino. La propia lectura de analistas sobre enero apuntó a una caída real de componentes clave como el IVA, señal directa de una actividad que no tracciona.
Y si el IVA se achica, la “inflación domada” deja de ser un trofeo y pasa a ser lo que muchos sospechan: desinflación por heladera vacía, por parate y por miedo. No es estabilización virtuosa; es economía en modo supervivencia.
El episodio INDEC: el golpe a la credibilidad que nadie quería ver
La renuncia en INDEC y la postergación del cambio metodológico del IPC reabrieron un trauma argentino: cuando el termómetro se politiza, el paciente deja de confiar en el médico.
Y esa duda no se queda en Twitter: Reuters reportó que la renuncia y la demora del nuevo método golpearon a los activos argentinos.
En paralelo, medios locales hablaron de temor a un salto inflacionario y de la suspensión “sobre la hora” de la difusión del nuevo índice.
Si un gobierno se vende como “el de la transparencia”, pero queda asociado a una maniobra estadística, el daño es doble: económico y moral.
Provincias al borde: no hay margen para que “cedan”
En este cuadro, pedirle a los gobernadores que “acompañen” con más ajuste es, en muchos casos, pedirles que firmen su certificado de defunción política. Se cae la recaudación, se enfría el consumo, se tensiona la coparticipación y cada provincia queda obligada a administrar escasez con costo social.
Es el tipo de escenario que convierte a la política en un ring: nadie quiere pagar el precio… pero alguien lo paga igual.
El giro inevitable: cuando falla la teoría, aparece el “plan social”
La paradoja es brutal: el discurso anti-Estado termina empujando al Estado a contener más para evitar el estallido. De hecho, en el ecosistema mediático argentino circulan reportes que sostienen que la ayuda social (como AUH y Tarjeta Alimentar) se expandió fuertemente, superando “seis millones” de prestaciones/beneficios en distintos formatos. No es una estadística oficial consolidada en una sola cifra, pero sí un síntoma político: cuando el empleo no alcanza, la asistencia crece.
El “mercado” no reemplaza al salario cuando el consumo se derrumba; lo reemplaza, transitoriamente, la transferencia. Eso no es socialismo: es control de daños.
El mundo también juega su propio populismo fiscal
Mientras acá se predica pureza, afuera se discuten medidas electorales de alivio directo. En Japón, Reuters informó que la primera ministra evalúa prometer la suspensión del impuesto al consumo sobre alimentos como parte de campaña.
En Estados Unidos, medios políticos registraron debates sobre “rebate checks” vinculados a ingresos por aranceles (con fuertes resistencias internas).
La política, cuando huele urna, se vuelve keynesiana aunque rece en liberal.
Si tras meses de ajuste el Estado sigue sin un equilibrio sostenible y la economía real no despega, entonces no hubo “programa”: hubo apuesta. Y cuando además se erosiona la credibilidad estadística, el proyecto pierde su última defensa: la confianza.
El problema no es solo económico. Es de conducción: un país no se administra con eslóganes, se administra con recaudación que respira, consumo que camina y estadísticas que nadie discute. Porque cuando el termómetro miente —o parece mentir— el enfermo deja de creer… y cuando el mercado deja de creer, el costo se paga al contado.
