Perico Noticias, 9 de febrero del 2026 // El Arzobispado de Córdoba ya puso en palabras lo que miles de familias viven en silencio: fragilidad social en aumento, hambre más extendida y pobreza que dejó de ser una estadística para convertirse en rutina. Cuando la Iglesia convoca a Estado, organizaciones y sector privado para coordinar asistencia alimentaria, el mensaje político es contundente: la emergencia ya no es coyuntural, es estructural.
Hay momentos en los que una señal institucional vale más que cien discursos. Y eso acaba de ocurrir en Córdoba. Que el Obispado haya salido a advertir sobre la fragilidad social creciente y el deterioro de las condiciones de vida no es un gesto menor: es la confirmación de que la crisis perforó el tejido comunitario y ya impacta en la mesa diaria de miles de hogares.
La foto es clara: comedores y merenderos bajo presión, familias que recortan calidad y cantidad de alimentos, trabajadores formales e informales que no llegan a cubrir lo básico. Y frente a eso, la Iglesia local eligió un camino concreto: articular con el Estado, organizaciones sociales y actores privados para sostener una red de contención. Traducido en términos de gestión: cuando hay coordinación de emergencia, es porque la emergencia es real.
Este punto es central. El problema ya no es solo económico; es social, territorial y humano. Se debilitan los vínculos, se multiplica la incertidumbre y crece el riesgo de que la pobreza se consolide como paisaje permanente. Si la política lee tarde este diagnóstico, el costo lo pagarán los de siempre: niños, jubilados, trabajadores precarios y familias sin respaldo.
Córdoba acaba de dejar una advertencia para todo el país: no alcanza con estabilizar variables macro si la microeconomía familiar sigue en rojo. La paz social no se declama; se construye con trabajo, alimentos, ingresos y presencia efectiva del Estado. El resto es relato.
