“Inflación en alza y salarios en pausa: la mecha que puede volarle el relato al experimento liberal”

“Inflación en alza y salarios en pausa: la mecha que puede volarle el relato al experimento liberal”

Perico Noticias, 13 de febrero del 2026 // Si los precios suben más rápido que los ingresos, no hay estabilización: hay licuación social. La economía puede mostrar orden financiero arriba, pero abajo cruje el bolsillo real. Con paritarias atrasadas, jubilaciones debilitadas y una reforma laboral regresiva, el modelo entra en zona de riesgo político.

La narrativa oficial repite una idea fuerza: “la inflación bajó, lo peor ya pasó”. El problema es que, en la calle, esa frase no cierra. Porque cuando los salarios corren por detrás de los alimentos, de los servicios y de la canasta básica, lo que baja no es la inflación: baja la calidad de vida.

La discusión de fondo hoy no es técnica; es social y productiva. Se puede celebrar la desaceleración respecto de picos extremos, sí. Pero una cosa es salir de terapia intensiva y otra muy distinta es recuperar salud económica. Si el ingreso real sigue perdiendo, la “normalización” termina siendo una normalización del ajuste permanente.

El núcleo del problema

Argentina está entrando en una etapa delicada: inflación menos explosiva, pero todavía corrosiva, con salarios y jubilaciones que no recompusieron el terreno perdido. Ese combo genera tres efectos inmediatos:

  1. Consumo defensivo: los hogares dejan de comprar bienes de mejora y se concentran en sobrevivir.
  2. Endeudamiento de subsistencia: crece el uso de crédito para gastos corrientes, no para inversión familiar.
  3. Fatiga social acumulada: sube la bronca silenciosa en trabajadores formales, informales y cuentapropistas.

Esto no es ideología: es matemática doméstica. Si el ingreso sube 1 y el costo de vida sube 2, el resultado es una transferencia de bienestar desde la sociedad hacia la macro de escritorio.

Reforma laboral: más poder empresario, menos piso protector

La media sanción laboral confirma la dirección del programa: abaratar costos por vía de derechos, en vez de expandir productividad con innovación. El mensaje implícito es claro: “para contratar más, hay que pagar menos y proteger menos”.

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Esa lógica, en una economía con alta informalidad y bajo dinamismo, no crea milagros. Puede generar más precarización antes que empleo de calidad. Sin política industrial moderna, sin estrategia de reconversión tecnológica y sin formación laboral masiva, la reforma corre riesgo de ser un atajo regresivo, no una solución.

El frente que se viene: precios regulados, tarifas y tensión salarial

Marzo suele traer una combinación compleja: actualización de servicios, presión en alimentos y paritarias bajo estrés. Si el Gobierno insiste en anclar el programa solo con disciplina fiscal y salarios deprimidos, puede sostener el Excel, pero no la legitimidad social del rumbo.

Y acá aparece una verdad incómoda: no hay estabilización duradera con ingreso popular en retroceso. Ningún esquema económico se vuelve sólido si la mayoría trabaja más y llega menos.

El punto político que nadie quiere decir en voz alta

La performance liberal depende de un equilibrio fino: dólar calmo, inflación descendente y paciencia social. Si una de esas tres patas se quiebra, el edificio tambalea. Hoy la más frágil es la paciencia social, porque el ajuste ya dejó de percibirse como “sacrificio transitorio” y empieza a sentirse como régimen permanente.

La advertencia es simple:

  • Si la inflación sigue por encima del ingreso, habrá conflicto distributivo.
  • Si la reforma laboral debilita el salario sin crear empleo genuino, habrá más informalidad.
  • Si el consumo popular no se recupera, la actividad no despega fuera de enclaves extractivos.

Qué debería pasar para evitar el choque

Un programa serio debería incluir, como mínimo:

  • Cláusulas de recomposición real para salarios y jubilaciones.
  • Paritarias con gatillo transparente, no techos administrativos.
  • Agenda productiva sectorial para pymes, economía del conocimiento y economías regionales.
  • Baja de costos no salariales (logística, crédito, presión fiscal distorsiva), en vez de recortar derechos laborales.
  • Transición tecnológica con IA para aumentar productividad sin expulsión masiva.
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Sin eso, el resultado ya está escrito: inflación menos escandalosa, pero pobreza más estructural.

El Gobierno puede mostrar orden en la planilla. La sociedad necesita orden en la heladera.
Si el salario no le gana a la inflación, la política económica no estabiliza: desgasta.
Y cuando el desgaste se vuelve masivo, ningún relato alcanza.


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