Perico Noticias, 16 de febrero del 2026 // Las escuelas enfrentan una escena nueva: menos juego libre, más pantallas, menos conversación profunda y más fatiga atencional. No se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar el equilibrio antes de normalizar una infancia sin pausa, sin cuerpo y sin comunidad.
La postal se repite: timbre de recreo, patio semivacío, chicos sentados mirando el celular, docentes compitiendo contra un flujo infinito de estímulos diseñado para no soltar la atención. El problema ya no es “si hay tecnología”, sino quién conduce la experiencia de aprendizaje: ¿la escuela o el algoritmo? Cuando el aula pierde centralidad simbólica, la autoridad pedagógica se fragmenta y el vínculo educativo se vuelve intermitente. La consecuencia no es solo académica: es afectiva, social y neurológica.
Los datos internacionales ya encendieron la alarma. La UNESCO advirtió que la incorporación de tecnología en educación no mejora por sí sola los aprendizajes y que los celulares en clase pueden afectar la concentración; además, informó que alrededor de 1 de cada 4 países avanzó en restricciones al uso de smartphones en escuelas. En paralelo, la OCDE mostró que una parte importante de estudiantes reporta distracción por dispositivos durante las clases, con impacto en desempeño. La evidencia apunta a lo mismo: sin reglas claras, la pantalla no complementa, desplaza.
En términos de desarrollo, la hiperestimulación permanente tiene costos invisibles. Cuando el cerebro infantil se acostumbra a recompensas inmediatas, baja su tolerancia al esfuerzo sostenido: leer un texto largo, esperar turnos, resolver frustraciones, sostener silencio, escuchar al otro. La infancia necesita cuerpo, juego, conflicto regulado, aburrimiento creativo y lenguaje compartido para madurar funciones ejecutivas. Si esa gimnasia desaparece, aparece un sujeto más ansioso, más reactivo y menos disponible para aprender en profundidad.
El punto crítico es cultural: hoy la productividad coloniza la niñez. Todo debe “rendir”: tiempo, atención, emoción, incluso la amistad. En ese ecosistema, el recreo —espacio clásico de socialización espontánea— se vuelve prescindible y el patio deja de ser laboratorio humano. Pero sin patio no hay negociación real, no hay lectura de gestos, no hay pertenencia comunitaria. Y sin comunidad, la escuela deja de formar ciudadanos para producir únicamente usuarios.
También hay un componente sanitario. La OMS advierte que los problemas de salud mental en adolescencia son un desafío global y que una porción relevante de jóvenes atraviesa trastornos que afectan su vida cotidiana. La hiperconexión no explica todo, pero agrava cuadros cuando no hay mediación adulta, sueño adecuado, actividad física y límites consistentes. Si a eso sumamos estrés económico familiar y sobrecarga digital, el cóctel es explosivo: más aislamiento, más irritabilidad, más sensación de vacío.
¿Qué hacer? Agenda concreta, no slogans: 1) acuerdo escuela-familia con reglas de uso de celular por edades y momentos; 2) recreo activo obligatorio y más educación física diaria; 3) pedagogía híbrida inteligente (tecnología sí, pero con objetivos didácticos y tiempos acotados); 4) formación docente en atención, neurodesarrollo y gestión del aula digital; 5) alfabetización emocional y mediática desde primaria; 6) métricas públicas de convivencia, atención y bienestar, además de las notas. Si no corregimos ahora, vamos a tener chicos muy conectados y poco vinculados, muy estimulados y poco desarrollados. Educar en este siglo no es apagar pantallas: es volver a poner a la persona en el centro.
