“Un sueldo, tres vidas: el nuevo hogar argentino al borde del colapso”

“Un sueldo, tres vidas: el nuevo hogar argentino al borde del colapso”

Perico Noticias, 16 de febrero del 2026 // La Argentina real está entrando en una zona de máxima tensión: un ingreso formal sostiene a padres, hijos y abuelos en el mismo hogar, mientras la reforma laboral avanza sin discutir el punto central del siglo XXI: cómo se garantiza ingreso en una economía donde la tecnología reemplaza tareas más rápido de lo que la política puede reaccionar.

La postal más cruda de este tiempo no es una estadística: es una mesa familiar donde una sola nómina paga alquiler, medicamentos, alimentos y deudas de tres generaciones. Ese “sándwich” económico —adultos activos sosteniendo a jóvenes sin inserción estable y mayores con ingresos licuados— dejó de ser excepción y pasó a ser estructura. Cuando ese único ingreso se precariza, no cae una persona: cae una red completa de supervivencia.

Los datos ya muestran la fragilidad del piso social. En Argentina, la desocupación abierta se ubicó en torno al 6,9% en los aglomerados relevados por EPH y, al mismo tiempo, crece la presión sobre el empleo por subocupación y búsqueda de más horas. Es decir: tener trabajo ya no garantiza estabilidad material.
A esa tensión se suma una distribución del ingreso que sigue marcada por brechas altas entre deciles, confirmando que el esfuerzo laboral no se traduce de forma lineal en bienestar.

En paralelo, el tablero global se mueve con otra velocidad. El Future of Jobs Report 2025 advierte que una porción relevante de empleadores proyecta reducir dotaciones por automatización/IA hacia el final de la década, mientras crecen perfiles tecnológicos y se achican tareas administrativas y repetitivas. No es un escenario futurista: es un proceso en curso.
La OCDE, además, viene señalando exposición significativa de ocupaciones al cambio por IA, con riesgos de polarización entre quienes pueden reconvertirse y quienes quedan atrapados en empleos de baja productividad.

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Por eso el debate argentino está incompleto. Discutir solo costo laboral, indemnizaciones o litigiosidad sin discutir arquitectura de ingresos es mirar el problema por el retrovisor. Si el capital invierte en automatización para ganar competitividad —algo lógico desde la empresa— el Estado, los sindicatos y el sistema educativo deben rediseñar el contrato social: formación continua, reconversión rápida, certificaciones cortas, incentivos a sectores intensivos en empleo y esquemas de transición para hogares vulnerables.

La generación X —hoy columna vertebral de muchísimas economías domésticas— carga la doble mochila: sostener a sus hijos en una inserción laboral tardía y asistir a adultos mayores cuyo poder de compra se erosiona. Si a ese núcleo se le rompe el ingreso, la crisis deja de ser económica y se vuelve cultural: cae la expectativa de movilidad social, se deteriora la confianza en el mérito y crece la percepción de abandono institucional. Ahí empieza el verdadero riesgo sistémico.

No estamos ante una “mala racha”. Estamos ante un cambio de era: menos trabajo como lo conocíamos, más valor concentrado en tecnología y más competencia por ingresos estables. Si la democracia no pone este tema en el centro, la sociedad lo resolverá por fatiga: más informalidad, más endeudamiento de subsistencia y más conflictividad distributiva. El desafío histórico es simple y brutal: o diseñamos una economía que distribuya futuro, o administramos una paz social cada vez más frágil.

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