Perico Noticias, 19 de febrero del 2026 // En el filo de la madrugada, el país no discute solo una ley: discute qué tipo de Nación quiere ser. Si la “modernización” del trabajo se traduce en precarización, banco de horas y salarios a la baja, la pregunta cae como un martillo: ¿Argentina va camino a convertirse en una plataforma de importaciones y extracción primarizada, sin industria y sin futuro?
Hay noches en las que la política decide cosas que el día siguiente paga con el cuerpo. La Argentina llega a esta madrugada con el pulso social alto, la paciencia corta y una sensación extendida de desgaste: el ajuste ya no se discute como teoría económica; se siente como una presión constante sobre la mesa familiar, el alquiler, el colectivo, la farmacia y la heladera.
Y en ese contexto, el debate laboral se vuelve el centro de gravedad. Porque el trabajo no es una variable más: es el contrato básico de la sociedad. Cuando se toca el trabajo, se toca el orden social. Se toca el “para qué” de estudiar, el “para qué” de capacitarse, el “para qué” de emprender. Si el modelo termina empujando a la gente a sobrevivir en la informalidad o en empleos de baja calidad, la educación deja de ser ascensor social y se convierte en papel pintado. Sin agregado de valor, sin industria, sin un sistema productivo que demande conocimiento, ¿qué sentido tiene formar técnicos, profesionales, científicos, oficios calificados?
Acá está el núcleo del dilema: ¿vamos hacia una Argentina que produce o hacia una Argentina que solo compra y extrae? Si el país se resigna a importar lo que antes fabricaba, a exportar solo recursos naturales primarizados y a aceptar empleo barato como “competitividad”, entonces no se trata de modernizar: se trata de achicar el horizonte. Eso no es un rumbo; es una renuncia.
Al gobierno hay que interpelarlo sin eufemismos: ¿cuál es el plan productivo? Porque flexibilizar puede ser sencillo; construir industria es difícil. Abrir importaciones puede dar una foto de consumo en el corto plazo; sostener empleo digno requiere estrategia de mediano y largo plazo. Un país no se ordena con planillas: se ordena con cadenas productivas, inversión, crédito, infraestructura, energía barata, innovación, y reglas previsibles. Si la reforma laboral no viene acompañada de un programa serio de producción y valor agregado, entonces se parece más a una poda que a una transformación.
Y los sindicatos también tienen que mirarse al espejo. Porque si algo dejó esta tormenta es una evidencia incómoda: demasiadas veces se concentraron en defender su caja, sus aportes y sus estructuras, sin construir una propuesta moderna de trabajo digno para el siglo XXI. No alcanza con decir “no” cuando ya te pasaron por arriba el mercado, la tecnología, la informalidad y la desesperación social. ¿Dónde estuvo la creatividad para proponer un nuevo pacto laboral que cuide al trabajador sin congelar la economía? ¿Dónde estuvo un modelo alternativo que combine productividad con derechos y con futuro?
La oposición, por su parte, tampoco sale limpia. Se acostumbró al comentario y a la consigna, pero no produjo una hoja de ruta que entusiasme a un país cansado. La sociedad no necesita solo denuncias: necesita propuestas, números, instrumentos, una arquitectura viable que compita con el relato oficial y lo obligue a corregir. Si no hay alternativa, el péndulo se vuelve extremismo o resignación.
Y mientras aquí se discuten bancos de horas y esquemas que pueden licuar ingresos reales, en otros países de la región se debate lo contrario: reducir jornadas, repartir mejor el tiempo, modernizar sin degradar. En México, por ejemplo, la discusión pública sobre recortar horas de trabajo viene ganando espacio en los últimos años. La comparación duele, porque marca el contraste: unos piensan cómo vivir mejor trabajando; nosotros parecemos resignarnos a trabajar más para vivir peor.
La madrugada de decisiones no puede esconder lo esencial: no hay dignidad sin trabajo digno, y no hay trabajo digno sin un país que produzca. Si Argentina abandona la industria, abandona el empleo de calidad. Y si abandona el empleo de calidad, abandona el sentido de la educación y el esfuerzo. Un país sin valor agregado no solo es más pobre: es más dependiente, más frágil y más injusto.
Por eso el debate verdadero no es “reforma sí o reforma no”. El debate verdadero es: ¿qué modelo de desarrollo queremos?
Si la respuesta es un país primarizado, con salarios bajos y consumo importado, entonces al menos díganlo de frente. Pero si la respuesta es un país que fabrica, innova, exporta y paga sueldos que permitan vivir, entonces la discusión laboral tiene que ser parte de un plan mayor, no una herramienta suelta para ajustar por el lado más débil.
La Argentina está al límite. Y cuando un país está al límite, o se organiza para salir con un proyecto productivo, o se acostumbra a la precariedad como normalidad. Ninguna madrugada debería tener derecho a empujarnos a eso.
