«El hombre que nació con el Expreso Azul: la vida épica de Andrés Acuña, el goleador de los obrajes»

«El hombre que nació con el Expreso Azul: la vida épica de Andrés Acuña, el goleador de los obrajes»

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El día que nació Andrés Acuña, el 9 de febrero de 1944, también nació —sin que él lo supiera aún— un juramento con la historia. Porque ese mismo año, al otro lado de los montes y la geografía del alma, en Perico se fundaba el Club Atlético Talleres unos meses despues (4 de abril), la pasión que marcaría su destino como un designio escrito en el barro de los potreros y en los ecos de los cañaverales del norte. Andrés vino al mundo en Saladillo, uno de los obrajes en Vinalito, departamento de Santa Bárbara, muy cerca del humo terroso y aromático de la fábrica de tanino La Jujeña, un pueblo donde la vida se jugaba a cielo abierto y el fútbol era el único lujo permitido entre hacheros, quebrachos y obreros de los obrajes.

Allí, en los baldíos de las tardes largas, entre ruidos de hachas y la chorbita cargada de madera colorada, Andrés jugaba con 16 años, con una pelota desteñida, mientras el mundo lo miraba sin saber que estaba viendo correr a una leyenda. Fue un tal Carlos Cáceres, de Ledesma, quien primero lo advirtió. “Ese pibe tiene una derecha endiablada y una cintura que no es de este mundo”, dijo, y lo subió a la moto como quien rescata un secreto del monte. Por caminos polvorientos, impreganados de sueños surcaron la ruta 37, lo llevó al Club Alberdi, cuyo presidente era Ángel Lamas, hermano de Nicolás Lamas de Perico, como si los lazos del destino ya tejieran el hilo invisible hacia el Expreso Azul.

Andrés trabajaba en la papelera del ingenio Ledesma, y luego en el municipio. Pero no. La pelota siempre lo protegía. Lo mimaba. Era como si una mano invisible lo apartara del mundo de los trámites y la rutina, y lo devolviera, una y otra vez, a la tierra sagrada de los botines.

El soldado que jugaba para la historia

Ya vestido de soldado, cumpliendo el servicio militar, Andrés era jugador de Talleres de Perico. Aquel mítico equipo del ‘64, campeón de la Liga Jujeña, invitado nada menos que por Boca Juniors a disputar el primer Torneo Nacional Federal junto a todos los campeones del país. Una odisea de seis partidos que dejaron a Talleres en el cuarto lugar nacional, y a sus hinchas estremecidos de orgullo.

Los relatos de Walter Abascal viajaban por las radios de onda corta hasta los obrajes de Vinalito, donde los trabajadores hacían silencio, mate en mano, para escuchar los goles del hijo de su tierra. En Perico, el pueblo entero temblaba cuando la saeta azul rompía las redes de rivales imponentes. Jugó 15 años con la camiseta de Talleres. Dejó en cada cancha el alma y los pulmones, como quien reza en cada jugada por su pueblo, por su historia, por el sueño colectivo de verse en lo más alto.

Goleador de todos los tiempos, héroe en tiempo de castigos

Cuando terminó el Torneo Nacional, tras 20 días de hazaña, Andrés regresó a su cuartel. Le habían dado solo una semana de permiso. La gloria no servía como excusa en la burocracia militar, y fue castigado con encierro. Pero Salomón Jorge, presidente del club, no lo abandonó: era proveedor de carne del regimiento, en medio de las entregas regulares hizo las gestiones para liberar al goleador. Y lo logró. Porque Andrés no era solo un jugador, era un símbolo. De él se decía que desde el centro, con su perfil diestro, surcaba el campo como una flecha, dejando atrás piernas, marcas y pronósticos.

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Familiares de Andrés Acuña de visita en Perico

Una de sus gestas inolvidables fue en 1973, cuando Talleres goleó 4 a 1 a Gimnasia. Del otro lado estaban el Rana Valencia y el Pulga Alderete, dos nombres temibles. El técnico pidió que Acuña marcara a Valencia. Pero Andrés, con esa insolencia que solo tienen los elegidos, respondió: “Mejor que él me marque a mi”. Y así fue. La historia la escriben los que se animan a desafiarla.

Volver al origen, donde el corazón nunca se fue

Hoy, 81 años después de su nacimiento y del nacimiento de Talleres, Andrés Acuña volvió a Perico, acompañado de sus familiares, a celebrar el aniversario del club de sus amores. Camina las calles con la serenidad de los que cumplieron su misión. Se encuentra con los gladiadores de otras épocas, esos compañeros de barro y gloria, que cada año se abrazan, se ríen, se nombran como los inmortales de un tiempo donde se jugaba con la vida entre las piernas.

El estadio, aunque distinto, guarda su memoria. La tribuna sabe su nombre. La pelota, cuando rueda, todavía recuerda su andar. En cada aniversario de Talleres, su presencia restituye el alma de un pueblo que no olvida a los pibes que le dieron altura y gloria.

Porque Andrés Acuña no solo jugó para Talleres, él es Talleres. Su historia late en cada grito de gol, en cada camiseta azul, en cada chico que sueña desde un potrero con llegar tan lejos como ese muchacho de Saladillo que surcó la Argentina como una flecha y regresó, siempre, al corazón del Expreso Azul.

A pesar del paso del tiempo y los caminos de la política, Andrés Acuña nunca se alejó del fútbol. Años más tarde, ya hombre maduro y con responsabilidades nuevas, fue comisionado municipal de Vinalito en varias oportunidades. Pero ni la administración ni los cargos públicos pudieron desviar esa devoción silenciosa y eterna por la redonda. En cada gestión, cada obra, cada decisión, el fútbol era su faro, su lengua materna, su modo de pensar el mundo y sembrar futuro en los más jóvenes. Para él, el fútbol no era solo un juego: era una bendición que lo había protegido del olvido, lo había salvado de los oficios ajenos, y le había dado un nombre en el alma colectiva de su pueblo.

Por eso, con la misma pasión de sus días de gloria, fundó el Club Deportivo Vinalito, institución que hoy compite en la Liga Regional Jujeña de Fútbol, la misma que lo vio nacer como jugador en los obrajes. Ese acto no fue casual, fue un legado. Andrés sembró en su tierra la misma semilla que un día alguien regó en él. Dio forma a un espacio donde los chicos de hoy pudieran soñar como él lo hizo, para que desde los potreros de Vinalito —donde aún flota el aroma del tanino y el eco de sus goles— surjan nuevas flechas azules que atraviesen la historia.


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