Perico Noticias, 19 de enero del 2026 // Hay un dato que desarma cualquier relato triunfalista: más del 60% de los hogares recortó gastos cotidianos. No hablamos de “postergar un gusto”, hablamos de achicar comida, salud, transporte y rutina. En paralelo, más de la mitad de las familias declara endeudamiento y el ajuste se vive como una microeconomía de emergencia: se compra menos, se reemplaza marca por marca barata, se corta recreación y se estiran los plazos hasta romperlos. Ese es el cuadro real: baja un índice, sube la intemperie social.
Cuando la demanda se desinfla, el “mercado” deja de ser una autopista y se vuelve un pantano. El consumo masivo lo está marcando con claridad: las ventas en supermercados siguieron en terreno negativo (con caída interanual y un acumulado también a la baja). En ese contexto, la llegada de importaciones no “abarata” mágicamente la vida: si la gente no tiene resto, no compra, aunque el producto esté en góndola. Y cuando el consumo cae, la cadena completa se corta: comercio, logística, servicios, producción local y empleo.
El efecto PyME es el primer dominó. Se discute inflación, dólar y tasa, pero en la calle lo que se ve es otra cosa: menos tickets, menos rotación, más promociones defensivas y más persianas bajas. Un indicador oficial lo grafica sin maquillaje: la cantidad de empleadores con trabajadores declarados cayó interanualmente, señal de contracción en la base productiva formal. Ese número es la economía real hablando: cuando el negocio no cierra, el empresario no “ajusta márgenes”, ajusta personas, turnos o directamente cierra.
Y acá aparece la pregunta incómoda para oficialismo y oposición: ¿para qué existe la política si la mayoría vive en modo supervivencia? Si el debate público se reduce a una disputa de slogans, mientras la vida cotidiana se resuelve con “tarjeta”, fiado, recortes y ansiedad, entonces la política se convierte en un producto de lujo para minorías informadas, no en un sistema de bienestar.
La democracia no se sostiene con narrativa, se sostiene con capacidad de compra. El bienestar no es una utopía: es un conjunto de reglas y decisiones que protegen tres pilares mínimos: ingreso, trabajo y previsibilidad. Si el ingreso no alcanza, el trabajo se precariza y la previsibilidad es cero, el contrato social se vacía, y el humor colectivo se vuelve antipolítico por pura lógica.
La apertura importadora, en este escenario, puede terminar siendo un arma de doble filo. Puede ser un disciplinador de precios en algunos rubros, sí, pero si se usa como atajo sin plan productivo, el resultado es simple: desplaza industria local sin crear demanda nueva, y deja un país más primario, con menos valor agregado y menos empleo formal. Es decir: más barato en teoría, más caro en términos de tejido social. Reuters ya mostró períodos recientes de fuerte suba de importaciones mientras la economía doméstica seguía bajo tensión.
Lo que falta no es “sensibilidad” declamada: falta arquitectura de salida. Un plan serio debería incluir, como mínimo:
- Recomposición ordenada del ingreso (salario real y jubilaciones) para reactivar demanda sin delirios fiscales.
- Crédito productivo inteligente (capital de trabajo, reconversión, tecnología, eficiencia energética), especialmente para PyMEs y comercios.
- Reglas pro-inversión local: que competir no sea una ruleta donde gana el que tiene espalda financiera externa.
- Bajada de costos no salariales críticos (energía, logística, cargas distorsivas) con foco sectorial, no con parches.
Porque la pregunta de fondo es brutal: ¿queremos un país que exporte materias primas y consumo importado, o un país que agregue valor y pague sueldos que permitan vivir? Si la respuesta es lo primero, no vendan el discurso de “futuro”: eso es administrar pobreza con marketing. Y si la respuesta es lo segundo, entonces hay que dejar de jugar a la política corta y empezar a gestionar un programa mínimo de recuperación.
Hoy el verdadero conflicto no es ideológico: es operativo. La Argentina no está discutiendo felicidad; está discutiendo supervivencia. Y cuando un país entra en ese modo, la historia enseña que el costo político llega igual: tarde o temprano, la heladera vota.
