Perico Noticias, 7 de enero del 2026 // Argentina llegó al vencimiento del viernes 9 de enero (más de USD 4.200 millones entre capital e intereses) como se llega a una guardia a las 3 de la mañana: con lo justo, con dolor y con la cuenta abierta. Los números publicados muestran que, al 29 de diciembre, el Tesoro tenía en el Banco Central apenas USD 1.963 millones, o sea menos de la mitad del compromiso inmediato. No era falta de “voluntad de pago”; era falta de músculo. Y cuando un país paga sin músculo, paga caro.
Para completar la caja, el Gobierno fue cerrando piezas de emergencia: el bono AN29 había aportado USD 910 millones y se esperaba el ingreso por la concesión/privatización de represas del Comahue, que rondaba USD 700 millones. Pero la llave fue otra: el Repo. El Banco Central informó un préstamo Repo por USD 3.000 millones, 372 días de plazo, a una tasa equivalente a SOFR + 400 bps, que se traduce en 7,4% anual. En castellano empresarial: financiamiento puente para evitar el titular “no pagó”, a costo de hipotecar margen futuro. Es oxígeno, sí; pero oxígeno prestado.
El dato estratégico no es “se pagó”. El dato estratégico es cómo se pagó: raspando fuentes extraordinarias y usando deuda de corto plazo para sostener deuda previa. Y eso deja una pregunta brutal: ¿qué pasa cuando el calendario aprieta de nuevo? Porque el propio cronograma luce exigente: en 2026 el Gobierno debería desembolsar más de USD 12.500 millones entre bonos en moneda dura y obligaciones con el FMI (con vencimientos con el Fondo por alrededor de USD 4.500 millones). Si el plan es “pagar el próximo” con ingeniería financiera, el país entra en un loop donde cada cierre “exitoso” compra tiempo… y vende soberanía de decisión.
En ese marco, la “advertencia” que llega desde Estados Unidos no funciona como pronóstico meteorológico: funciona como señal de poder. Un informe citado en medios argentinos, atribuido al Servicio de Investigación del Congreso de EE.UU. (CRS), plantea que si el gobierno se queda sin divisas para pagar deuda y sostener su esquema cambiario, enfrentará decisiones duras: incumplir o permitir más flexibilidad (devaluación). Eso, traducido al idioma de la City, es simple: si no acumulás dólares genuinos, te quedás sin tablero. Y lo “genuino” no se reemplaza eternamente con repos, swaps o privatizaciones puntuales.
El contexto geopolítico agrava el cuadro porque achica la tolerancia global al riesgo periférico. El episodio Venezuela —con la captura de Nicolás Maduro reportada por grandes medios— reforzó la idea de que Washington, cuando decide, ejecuta. En ese clima, los liderazgos sudamericanos se devalúan en horas, no en años, y la Argentina carga con una marca que cuesta carísimo: deudor serial. Por más genuflexión retórica que se ensaye, la confianza no se compra con discursos; se compra con reservas, superávit externo y previsibilidad.
Conclusión incómoda: pagar el vencimiento del 9/1 fue una victoria táctica, pero el mercado mira el tablero completo. El Repo al 7,4% y la caja armada con ingresos extraordinarios son la prueba de que el modelo todavía depende de “puentes” para cruzar ríos cada vez más anchos. Y si el “hegemon” te marca el riesgo, no lo hace para charlarlo en una cumbre: lo hace para que el sistema financiero lo pricee. En ese juego, la advertencia no vaticina: condiciona.
