Perico Noticias, 31 de enero del 2026 // El problema no es ideológico: es de soberanía y sistema. Un país puede cooperar en materia migratoria. Pero convertirse en “tercer país receptor” de deportaciones ajenas es otra cosa: implica aceptar en tu territorio el “costo humano y administrativo” de una política doméstica de otro Estado. Eso no se paga con discursos: se paga con cupo carcelario, cupo sanitario, cupo educativo, cupo habitacional, cupo judicial y cupo de calle.
En una Argentina con recursos públicos tensionados, sumar una carga de esta naturaleza sin un plan integral sería, en la práctica, un traslado de problemas: de Washington a Buenos Aires; de la Casa Blanca a los municipios.
Si hubo acuerdo, hay un punto de quiebre: ¿con qué marco legal?
La pregunta de fondo es simple: ¿bajo qué norma se recibirían deportados que no son argentinos?
Porque cualquier esquema de “tercer país” abre una caja de obligaciones:
- Debido proceso: identificación, evaluación de situación personal, asistencia consular si corresponde, traductores, defensas, recursos.
- No devolución (non-refoulement): el derecho internacional prohíbe devolver personas a lugares donde puedan sufrir tortura u otros daños irreparables. Ese principio rige para migrantes más allá de su estatus.
- Capacidad real de absorción: alojamiento temporal, integración o retorno, y coordinación interjurisdiccional.
Lo grave no es “recibir o no recibir”. Lo grave es hacerlo sin transparencia: sin convenio público, sin letra chica, sin responsabilidades presupuestarias, sin control parlamentario, y sin un protocolo humanitario verificable.
El costo político: la Argentina como “válvula de escape”
Si la información es correcta, el gobierno quedaría expuesto a un dilema incómodo:
- Hacia afuera, mostrar alineamiento extremo.
- Hacia adentro, pedirle a una sociedad empobrecida que financie una política migratoria de otro país.
Y encima, con un agregado corrosivo: cuando la conversación pública se contamina con campañas “anti inmigrantes”, el resultado suele ser el mismo: polarización, estigmatización y tensión social, sin resolver el problema de seguridad ni el de empleo.
Lo que el mundo ya discute: “third-country deportations”
La idea de derivar deportados a terceros países no es nueva y hoy es tema global. Organizaciones y centros de análisis vienen advirtiendo que estos esquemas son políticamente atractivos para endurecer controles, pero jurídicamente delicados y fáciles de abusar si no existen garantías estrictas.
Tres exigencias mínimas si el Gobierno quiere que se le crea
Si el Ejecutivo realmente busca “orden” y no relato, hay un estándar mínimo de gestión:
- Documento oficial: convenio, memorando o intercambio diplomático —publicado—.
- Plan operativo: dónde, cómo, quién, cuánto cuesta, qué jurisdicción ejecuta y qué organismo controla.
- Protocolo de derechos: asistencia, evaluación de riesgo, y resguardo del principio de no devolución.
Sin eso, la sospecha es inevitable: que se negocie a puertas cerradas lo que después pagarán otros, como siempre.
