Perico Noticias, 9 de febrero del 2026 // La carne vacuna volvió a escalar y cada salto de precio pega directo en el consumo popular. Mientras el Gobierno celebra señales de apertura comercial y acercamiento con EE.UU., en los hogares argentinos crece la sensación de que el asado dejó de ser cultura cotidiana para convertirse en consumo de excepción.
La foto es incómoda: en el arranque de 2026, los precios ganaderos siguieron firmes y con subas interanuales muy por encima de la inflación general en varias categorías, según reportes sectoriales.
Traducido al territorio real: más presión sobre carnicerías, familias recortando kilos, y una dieta nacional que se “achica” en uno de sus símbolos más identitarios.
El problema no es exportar. Argentina necesita dólares, mercado y escala. El problema es exportar sin amortiguadores sociales. Si la lógica de política pública es “primero volumen externo, después veremos el mercado interno”, el resultado está a la vista: la proteína más emblemática del país pierde accesibilidad en los barrios.
Además, el contexto político-comercial empuja esa dirección. El propio Presidente expresó disposición a avanzar en un acuerdo comercial con EE.UU. bajo esquemas de reciprocidad arancelaria.
Y en paralelo, la carne está en el centro de nuevas discusiones de inserción externa (como UE-Mercosur), con incentivos claros para capturar precios internacionales.
La discusión de fondo es estratégica: ¿qué modelo de competitividad queremos?
Uno que transforme a la carne en commodity premium para pocos, o uno que combine exportación inteligente con abastecimiento interno protegido, trazabilidad de costos y acuerdos de equilibrio en góndola.
Sin una arquitectura de compensación —fiscal, logística y comercial— la apertura termina siendo regresiva.
Y cuando el asado se vuelve lujo, no cae solo un consumo: cae un pacto cultural argentino.
