Axel ordena Buenos Aires: ¿Jujuy se anima a depurar el peronismo o seguirá tercerizando el poder?

Axel ordena Buenos Aires: ¿Jujuy se anima a depurar el peronismo o seguirá tercerizando el poder?

Perico Noticias, 18 de enero del 2026 // El “axelismo” en Buenos Aires viene empujando un ordenamiento quirúrgico: rearmar el PJ como mecanismo ordenador, disciplinar la interna, y sobre todo soltar lastre electoral. En la práctica, el objetivo es claro: despegar al peronismo de la mochila negativa que irradia La Cámpora, con Máximo Kirchner cada vez más cuestionado como conductor real y como marca competitiva. Kicillof no busca una épica de barricada; busca un peronismo de administración y poder, con narrativa de “defensa social” pero sin choque ideológico frontal permanente. Anti Milei, sí; anti Trump, también; pero con un enfoque de multilateralidad pragmática, sin quedar preso del dogma que hoy espanta al votante medio. En términos empresariales: el axelismo intenta rebranding + gobernabilidad + tracción territorial.

La pregunta inevitable es qué pasa en Jujuy, donde el peronismo llega al 2026 con un problema previo a Milei: no tiene un comando unificado ni una marca confiable. La polarización nacional se derrama en la provincia, y eso obliga a una definición que ya no admite “matices eternos”. Si el peronismo pretende ser alternativa real, tiene que resolver tres cosas de inmediato: (1) conducción, (2) narrativa común, (3) reglas internas que no terminen en fractura. Y en Jujuy, a diferencia de Buenos Aires, la dispersión no es un detalle: es el sistema.

Hoy el mapa peronista jujeño aparece con tres polos que tironean en direcciones distintas. Por un lado, el PJ con Leila Chaher como referencia visible del universo camporista: estructura, militancia, pero también el techo electoral que trae el sello. Por otro, Carolina Moisés, que pivotea con un perfil propio y volumen territorial, pero arrastra el ruido de haber acompañado proyectos de Milei, quedando bajo sospecha en la identidad doctrinaria del espacio. Y en paralelo, el Frente Primero Jujuy Avanza con Pedro Pascuttini, que hoy —más allá de gustos— reúne un atributo decisivo: mejor imagen relativa dentro del universo peronista ampliado y un discurso de peronismo “de calle”, menos encapsulado en liturgias.

El dilema es de manual: si cada ala compite por su cuenta, Milei gana sin transpirar en la provincia, incluso aunque sus referentes locales tengan imagen negativa alta. Porque la disputa ya no es “quién enamora”, sino “quién ordena el voto opositor” y construye un frente competitivo. La paradoja actual es brutal: el drama socioeconómico no lo capitaliza el peronismo; lo capitaliza la narrativa de “orden” libertaria, mientras el justicialismo aparece como un archipiélago. Y para colmo, en Jujuy (como en muchas provincias) una porción del personal político peronista ya migró o se mimetizó dentro del ecosistema libertario, incluyendo dirigentes de origen peronista, camporista y fellnerista que hoy orbitan La Libertad Avanza. Es decir: además de competir con Milei, el peronismo compite contra su propia diáspora.

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Por eso, la discusión de febrero (internas o mesa) no puede ser un trámite: es una decisión estratégica. Hay tres escenarios posibles. Uno: internas programadas, con reglas claras y compromiso de acompañamiento del que pierda (sin traiciones a la mañana siguiente). Dos: unidad en una mesa, alineada al esquema nacional del axelismo, para presentar un “neo peronismo” que sea oposición sin sectarismo. Tres: ruptura controlada o ruptura total, con alguna fracción jugando por afuera con Kicillof o contra el PJ orgánico. Si eligen el tercer camino, deberían hacerlo con frialdad: midiendo costo-beneficio, porque la división en un contexto de ola violeta es suicidio táctico.

El axelismo ofrece una lección: el peronismo no se reconstituye gritando más fuerte, sino administrando mejor la coalición, ofreciendo previsibilidad y un contrato social simple: trabajo, estabilidad, movilidad. En Jujuy, eso implica una decisión incómoda: despersonalizar la interna, armar un comando de campaña compartido, acordar un programa mínimo provincial y, sobre todo, no regalarle a Milei el monopolio del futuro. Porque mientras el peronismo se debate entre marcas que restan, Milei consolida músculo con presupuesto, reformas, respaldo externo y agenda de “época”. La política jujeña ya no es doméstica: es geopolítica aplicada al voto. Y en ese tablero, el que llega dividido, llega tarde.

Hay un punto fino —y políticamente útil— donde aparecen parecidos pragmáticos entre Axel Kicillof y Pedro Pascuttini: ambos entienden la política como gestión de sistemas más que como marketing de consignas. Axel administra la provincia más grande del país, con tensiones fiscales permanentes, entramado productivo heterogéneo y conflicto social latente; Pascuttini, aunque no ocupa hoy un cargo institucional, administra poder real en una economía regional estratégica: el tabaco, pilar económico de Jujuy. En ese tablero, se le reconoce capacidad de batalla contra estructuras de mercado internacionales y de negociación en un sector donde la rentabilidad se disputa en cada eslabón. Su lógica —distributiva, equilibradora, orientada a sostener a los productores y a toda la cadena de valor— se parece a la idea axelista de “Estado que ordena” para que el territorio no quede rehén del actor más fuerte. Esa convergencia de convicciones y de práctica administrativa puede funcionar como puente político: Pascuttini no sería un “injerto” en una estrategia de ordenamiento, sino un perfil compatible con un peronismo que busca reconstruirse desde gestión, previsibilidad y economía real.

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En resumen: Buenos Aires ensaya un peronismo ordenado para enfrentar a Milei sin quedar pegado a su propio pasado. Jujuy tiene tiempo en 2026, sí. Pero el tiempo no ordena nada por sí solo: o se ordenan ahora, o el orden se los impone el electorado.

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