Perico Noticias, 19 de febrero del 2026 // A horas del paro general, estallaron cacerolazos/ruidazos en distintos puntos urbanos como anticipo de una jornada que promete paralizar al país. La protesta ya no discute solo una reforma: discute la supervivencia. Con el entramado PyME al límite, un informe sectorial advierte que hasta 31.500 empresas podrían cerrar en 2026 (6,3% del total), sumándose a las más de 20.000 que ya bajaron la persiana en 2025.
La Argentina llegó a ese umbral incómodo donde el ruido no es “clima”, es síntoma. Y cuando el síntoma se vuelve masivo, la política deja de administrar encuestas y empieza a administrar peligro social. Anoche, con las horas contadas antes del paro general, el país escuchó un sonido viejo y brutalmente vigente: cacerolas en la calle, vecinos en las esquinas, bronca sin conducción partidaria clara, pero con un hilo común: no se aguanta más. En CABA se registraron protestas en varios barrios contra la reforma laboral y el rumbo económico.
El Gobierno insiste en vender la reforma laboral como “llave” de empleo. Pero la economía real —la que paga sueldos, abre persianas y sostiene familias— responde con una métrica demoledora: el problema no es el costo laboral, es la falta de demanda, la rentabilidad que se evapora y una apertura importadora que pega donde duele. El gráfico es clarísimo: las limitantes más mencionadas son caída del consumo interno (5), disminución de rentabilidad (4) y apertura de importaciones (4); recién después aparecen presión impositiva (3), inflación (2) y devaluación (2). Eso no es ideología: es diagnóstico operativo.
Y el diagnóstico viene con pronóstico. El Radar PyME de ENAC advierte que 31.500 PyMEs podrían cerrar en 2026, un golpe que equivale al 6,3% del universo PyME y que se montaría sobre las más de 20.000 empresas cerradas en 2025. Además, 56,3% de los empresarios cree que 2026 va a empeorar y 21,5% directamente no encuentra variables de crecimiento aplicables a su negocio. Y el dato que pulveriza el relato oficial: solo el 1% cree que la reforma laboral pueda ayudarlos a revertir la crisis.
Esto no es una recesión técnica. Es una crisis de capilaridad social: se corta el crédito, se cae la demanda, no se pueden trasladar costos, se rompe la cadena de pagos, y el “mercado” se transforma en una palabra fría para describir lo que, en la vida real, es angustia. El propio relevamiento refleja ventas “regular” y “malo” como norma, industria en niveles críticos, costos subiendo en 9 de cada 10 casos y márgenes que no cierran porque el consumidor ya no está: no por capricho, por agotamiento.
Por eso el paro de hoy —y los cacerolazos de anoche— no son una postal sindical más. Son un shock de realidad. Un acto de resistencia, sí; pero también un mensaje de management público: si usted destruye el mercado interno, destruye la gobernabilidad. El trabajador despedido que se define como “muerto social” no está usando metáforas: está describiendo la caída a un país sin red, donde perder el empleo no es cambiar de trabajo, es perder el único recurso de supervivencia. Y cuando esa experiencia se multiplica, el conflicto deja de ser gremial y se vuelve sistémico.
La Argentina ya vivió este guion: cuando la política se encierra en tecnicismos y promesas, la calle responde con un contador simple: heladera, alquiler, remedios, boleto. En ese tablero, el Gobierno puede insistir con su libreto de “flexibilizar para contratar”, pero los propios empresarios están diciendo otra cosa: sin consumo, sin crédito y con importaciones desreguladas, no hay contratación posible. Es sentido común productivo.
La escena de época está planteada: cacerolas como advertencia, paro como freno de emergencia. Y una pregunta política que ya circula sin pedir permiso: ¿hasta cuándo un modelo que ajusta sobre los que trabajan y produce beneficios concentrados puede sostenerse sin romper el pacto social? Si el Gobierno cree que “orden” es silencio, se equivoca: el silencio total —el país parado— puede ser el comienzo del final de una estrategia que subestimó a la Argentina real.
Porque esto ya no se trata de una reforma: se trata de una idea de país. Una Argentina que piense en todos, o una Argentina que funcione para pocos. Y cuando las persianas bajan, el salario no alcanza y la calle vuelve a sonar, el mensaje es inequívoco: o se corrige el rumbo, o el rumbo se cobra todo.
