Perico Noticias, 22 de enero del 2026 // Davos dejó una frase que suena moderada, pero opera como dinamita: Trump afirmó que no usará la fuerza para tomar Groenlandia… la comprará. En la superficie es un gesto “civilizado”; en el fondo es una actualización del manual imperial: no hace falta desembarcar con marines si se puede doblar la soberanía con billetera, presión comercial y asfixia diplomática. La fuerza no desaparece: se terceriza en la economía, en la moneda, en la dependencia tecnológica y en el miedo a quedar fuera del mercado.
La señal de época es brutal: el mundo deja de parecerse a un sistema de reglas y vuelve a parecerse a una subasta. Las instituciones que prometían equilibrio —alianzas, foros, organismos— quedan reducidas a escenografía. Davos, que solía administrar la liturgia del consenso global, hoy funciona como tribuna de un poder que ya no disimula. En ese escenario, Trump no solo habla: define la gramática del nuevo orden, y lo hace con una lógica simple: el planeta es un tablero y el que imprime moneda manda.
Groenlandia es el símbolo, pero el objetivo real es el Ártico: rutas marítimas emergentes, minerales estratégicos, proyección militar, control de comunicaciones y un corredor geopolítico que redefine la seguridad energética y tecnológica del siglo XXI. Comprar Groenlandia es comprar la llave del Norte. Y cuando una potencia anuncia en público que puede comprar territorios “por negociación inmediata”, lo que está diciendo es: la soberanía es negociable si yo decido el precio.
Por eso el ojo de la tormenta ya no es Copenhague. Es Ottawa. Canadá queda expuesto como la “nueva Ucrania” en una versión occidental del conflicto: no necesariamente con tanques en la frontera, sino con coacción económica, chantaje de seguridad y captura progresiva de decisiones estratégicas. El mensaje implícito es transparente: si Estados Unidos decide que el perímetro de su seguridad y su expansión es “natural”, Canadá pasa de socio a zona de influencia. Un país puede conservar bandera y parlamento, pero perder margen de maniobra. Esa es la colonización moderna: se firma, no se invade.
La épica de esta etapa es oscura: el imperio ya no necesita narrativa moral; le alcanza con contabilidad. Donde antes se hablaba de democracia, hoy se habla de activos. Donde antes se prometía cooperación, hoy se impone un costo. Y cuando el poder se vuelve tan explícito, el resto del mundo enfrenta una decisión incómoda: alinearse, resistir o negociar desde la debilidad. Europa tiembla porque descubre que su paraguas de seguridad es también su cadena. América Latina observa porque entiende que la doctrina puede reactivarse con otro lenguaje, pero con el mismo fondo: subordinación, condicionamientos, dependencia; y sino preguntenen Venezuela.
Lo más inquietante no es lo que Trump dice; es lo que normaliza. Si el mundo acepta que un territorio puede “comprarse” por necesidad estratégica, entonces se abre una caja de Pandora: los límites vuelven a ser provisorios. La guerra no es solo pólvora; es también deuda, sanción, arancel, reputación y bloqueo. El siglo XXI no promete paz: promete formas sofisticadas de dominación. Y si el nuevo orden mundial es la conciencia de un líder, entonces la estabilidad deja de ser un acuerdo y se convierte en un humor.
Canadá, en este cuadro, no es un detalle: es la prueba de fuego. Si un aliado histórico puede ser empujado al borde de su soberanía por la lógica expansionista —con sonrisa comercial y tono pragmático— entonces ningún país “seguro” está realmente a salvo. Davos fue el escenario, pero el terremoto recién empezó. Las placas tectónicas se movieron. Y cuando se mueven, no vuelven al lugar anterior.
