Carnaval récord, juventud en descarte: el “éxito” turístico que Jujuy celebra mientras el alcohol y la violencia pasan la factura

Carnaval récord, juventud en descarte: el “éxito” turístico que Jujuy celebra mientras el alcohol y la violencia pasan la factura

Perico Noticias, 18 de febrero del 2026 // El Gobierno vendió el Carnaval 2026 como edición “histórica”: 45.715 turistas, ocupación hotelera casi plena e impacto económico superior a $16.000 millones. Pero el balance social muestra la otra cara: centenares de alcoholemias positivas, siniestros viales y una escalada de violencia juvenil que ya no puede camuflarse con serpentinas. La pregunta incómoda es simple: ¿vale un pico de consumo y “caja” si el costo real es una provincia que normaliza el exceso como política de fin de semana?

Jujuy acaba de dar un salto de visibilidad: el Carnaval ya juega en liga nacional, con agenda mediática, ocupación hotelera y movimiento económico que ningún gobierno desprecia. La comunicación oficial lo sintetizó con números redondos: más de 45 mil turistas, ocupación cercana al 100% e impacto superior a 16 mil millones de pesos.

El problema es que esa foto es incompleta. Porque mientras el Estado se saca selfies con el “éxito”, la otra contabilidad —la que paga la gente— aparece en los operativos, las guardias médicas, los accidentes, las peleas y el miedo en la calle. Y ahí el Carnaval no cierra como fiesta: cierra como síntoma.

El derrame que no se mide: alcohol como motor oculto

En los días fuertes de festejos se registraron 269 alcoholemias positivas (además de cientos de actas por otras infracciones) según reportes citados por medios provinciales. Es decir: un volumen masivo de consumo con conducción, rutas cargadas y riesgo multiplicado. Si el turismo es “motor”, acá aparece el motor real: el alcohol como combustible del movimiento.

¿Quién capitaliza? Parte del comercio y la recaudación indirecta; también una economía informal que florece cuando la regulación se vuelve laxa. ¿Quién paga? Familias endeudadas, guardias saturadas, personal de seguridad desbordado, vidas rotas por siniestros evitables. Y, sobre todo, una cultura pública que termina diciendo “es normal, es Carnaval”.

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Violencia juvenil: no es folklore, es termómetro social

Hay una lectura más dura —y necesaria— que ya circula en el debate público: la violencia juvenil no es un rayo aislado, es consecuencia de orfandad institucional, frustración, consumos problemáticos y falta de horizonte. Cuando una provincia no ofrece proyecto, la noche ofrece pertenencia: alcohol, manada y descarga.

Entonces, el Carnaval no “tapa” nada por casualidad: funciona como pantalla. Una pantalla donde el Estado celebra “lo ancestral y lo contemporáneo”, pero posterga el núcleo: qué futuro real tienen las juventudes jujeñas cuando el principal ritual colectivo termina girando alrededor del exceso.

La responsabilidad política: no alcanza con contar turistas

Si el Gobierno decide liderar la narrativa del éxito, también debe liderar la gestión del daño. No alcanza con “operativos” y partes de prensa: hace falta un paquete serio de políticas públicas durante y después del Carnaval:

  • Tolerancia cero real (no declamativa): controles masivos, sanción efectiva, seguimiento.
  • Gestión sanitaria de eventos: refuerzo de guardias, dispositivos de reducción de daños, coordinación territorial.
  • Prevención comunitaria: escuelas, clubes, centros culturales, circuitos sin alcohol para menores, acompañamiento familiar.
  • Economía con reglas: que el derrame turístico no sea “barra libre” para la degradación.

“El diablo reveló…”: la frase que incomoda

No hace falta literalidad para entender la metáfora: cuando los números de éxito conviven con números de alcoholemia y violencia, lo que se revela es una verdad política: para una parte del sistema, la juventud es un descarte. No por discurso, sino por omisión: se la deja a la intemperie y después se la juzga cuando explota.

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El “éxito en el espejo” puede ser, en realidad, el retrato del fracaso: una provincia que celebra el movimiento económico sin hacerse cargo del costo social. Y ese costo, tarde o temprano, vuelve con intereses.

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