Cristina habló cuatro horas, pero pensaba llegar a seis

 Cristina habló cuatro horas, pero pensaba llegar a seis
LPO || Llegó con carpetas para cinco o seis horas de discurso. Pero decidió cerrar su discurso cuando llegó a las cuatro.

Cristina Kirchner pensaba hablar hasta seis horas en la apertura de sesiones ordinarias, pero no se animó a tanto y cuando supo que llevaba a cuatro prefirió frenar.

“¿Cuánto voy?, le preguntó a Julián Domínguez, sentado a su derecha. “A bueno ya termino entonces”, respondió cuando supo todo lo que había hablado. Le quedaban varia carpetas y apuntes para usar.

Eran casi las 16 horas y Cristina había ingresado a las 12.15 al estrado principal de la Cámara de Diputados, acompañada de Domínguez y Gerardo Zamora, el presidente provisional del Senado.

Debía estar Amado Boudou, pero prefirieron mandarlo a la asunción de Tabaré Vázquez en Uruguay.

Convertido en secretario ejemplar, ni bien se sentó, ni bien se sentó Domínguez apoyó sobre la mesa una pila de carpetas y apuntes atados. Cristina lo desató y comenzó a hablar.

La mayoría eran carpetas de tapa transparentes, con escritos subrayados y remarcados, aunque también había machetes con temas generales en letra grande, tales como “Obra Pública” o “Agricultura”, acompañados sólo con un par de oraciones. Como para no olvidarlos.

Había artículos periodísticos de los más variados: varias notas de Clarín, pero también de Financial Times y hasta la tapa del diario La Prensa, que respondió antes de terminar.

Se apoyó además en posteos de Facebook de magistrados ligados a funcionarios del Gobierno que apoyaron la marcha por Nisman, como la mujer del consejero de la Magistratura Hernán Ordinales.

“Yo no ando escuchando a nadie, pero soy fanática de las redes sociales porque hay gente que escribe cualquier cosa”, confesó. Olvidó que no son pocos quienes piensan que Facebook no es más que una pantalla de potencias mundiales para hacer la inteligencia que tanto teme.

Cada vez que descartaba una carpeta o un papel, disciplinado, Domínguez los tomaba y los apilaba aparte para que no se desparramen sobre la mesa.

La secuencia se repitió una y otra vez hasta que Cristina entendió que era preferible terminar y no retrasar el inicio del fútbol, previsto para las 17 horas.

De frente a miraba desde uno de los palcos su madre Ofelia Wilhelm, interesada en no perderse un minuto del clásico entre su Gimnasia y Estudiantes de La Plata. Zamora no hacía nada y en algún momento pareció dormitar.

Cristina cumple como pocos la consigna de hablar sin leer de corrido, obligatoria para los legisladores pero no para los jefes de Estado y menos cuando inauguran sesiones ordinarias.

Le alcanza con chequear un dato para levantar la cabeza y discursear lo que crea necesario. Ni siquiera se agita: tomó un poco de agua cuando ya había pasado una hora del comienzo.

Quienes frecuentaron los últimos 1 de marzo se acostumbraron a soportarla: el año pasado habló más de tres horas, en 2013 cuatro.

Massa ya avisó que si llega a presidente le alcanza con treinta minutos. Mauricio Macri nunca se extendió demasiado al abrir las sesiones de la Ciudad y Daniel Scioli leyó siempre cada coma que dijo ante los legisladores bonaerenses. A ninguno se le ocurriría hablar cuatro horas, ayudado sólo por un par de apuntes.

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