Cupido en retirada

Cupido en retirada

Perico Noticias, 14 de febrero del 2026 // En la era de la hiperconexión, el vínculo humano pierde densidad: más pantallas, menos presencia. El fenómeno no es romántico ni anecdótico; es social, económico y cultural. Si no lo discutimos ahora, la indiferencia se volverá norma y el afecto, una rareza.

La postal es contundente: una sociedad que conversa cada vez más, pero se encuentra cada vez menos. No faltan mensajes, faltan miradas. No faltan “me gusta”, falta escucha. “Cupido en retirada” no describe solo una crisis amorosa; describe una crisis de la atención compartida. El problema de fondo no es tecnológico, es de prioridades: transformamos el tiempo afectivo en tiempo de consumo digital, y esa sustitución está vaciando la experiencia humana en su núcleo más básico.

La hipótesis es clara: la economía de la atención secuestró la intimidad cotidiana. Plataformas diseñadas para maximizar permanencia compiten —y ganan— contra los rituales de cercanía: una charla sin interrupciones, una sobremesa, una caminata sin notificaciones. El resultado es una nueva gramática emocional: vínculos más frágiles, menor tolerancia a la diferencia, conversaciones más cortas y relaciones sometidas a la lógica del descarte rápido. No es casualidad: cuando todo se mide en inmediatez, el compromiso profundo parece “ineficiente”.

Este cambio también tiene consecuencias en salud mental y cohesión social. La sobreexposición digital y el contacto superficial elevan ansiedad, fatiga emocional y sensación de soledad, incluso en personas rodeadas de interacción constante. Es la paradoja del siglo XXI: estar “conectados” sin sentirnos acompañados. Y cuando el tejido vincular se debilita, se debilita también la comunidad: baja la empatía, sube la indiferencia, crece el aislamiento y se normaliza la distancia afectiva como mecanismo de defensa.

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En ciudades y comunidades como las nuestras, el impacto es todavía más visible. La cultura del encuentro —plaza, club, peña, carnaval, feria, mate compartido— era una infraestructura emocional que sostenía pertenencia e identidad. Hoy esa infraestructura compite con un ecosistema que premia la distracción permanente. No se trata de demonizar redes ni tecnología; se trata de recuperar gobernanza sobre el tiempo personal y comunitario. Si el algoritmo decide todo, la vida en común se vuelve residual.

La salida no es nostálgica, es estratégica. Hace falta una agenda pública y privada de reconexión humana: campañas de higiene digital, educación socioemocional en escuelas, espacios comunitarios sin pantallas, políticas culturales orientadas al encuentro intergeneracional, y liderazgos que vuelvan a poner el cuidado en el centro. También en las organizaciones: equipos con conversación real, no solo chats; reuniones con propósito; cultura de presencia y no de respuesta instantánea. La productividad sin vínculo genera resultados fríos y sociedades rotas.

“Cupido en retirada” puede ser diagnóstico o punto de inflexión. Depende de nosotros. Si aceptamos que el amor, la amistad y la solidaridad se sostienen con tiempo de calidad, atención plena y reciprocidad, todavía hay margen para revertir la curva de indiferencia. La pregunta ya no es si la tecnología cambia nuestros vínculos; la pregunta es quién conduce ese cambio. Porque una comunidad que pierde su capacidad de encontrarse no solo pierde romance: pierde futuro.

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