Perico Noticias, 14 de enero 2026 // El “imperialismo 2.0” no necesita portaaviones en la tapa de los diarios; le alcanza con tarifas, sanciones, dólar, SWIFT, financiamiento y reglas de acceso a mercado. El método es conocido, pero ahora viene con velocidad y sin pudor: si EE. UU. define a un actor como problema (Irán hoy, mañana otro), la orden es simple: o estás con Washington, o pagás el costo. El propio clima previo a Davos lo admite: el gran riesgo global ya no se describe como crisis financiera aislada, sino como confrontación geoeconómica entre potencias.
El objetivo doméstico es estratégico y electoral: reconstruir confianza en el dólar y en la economía estadounidense (aunque sea a costa de trasladar volatilidad al resto). Trump sabe que las elecciones de medio término son un plebiscito de bolsillo. Por eso necesita exhibir capacidad de mando: inflación bajo control, mercado firme, energía “segura”, industria con oxígeno, y un relato simple para su base: “volvió el sheriff”. Lo que puertas adentro se vende como “defensa de la democracia”, puertas afuera se ejecuta como poder extraterritorial: reglas que cambian unilateralmente cuando conviene.
El problema no es la retórica: es el precedente. Si la principal potencia mundial normaliza el quiebre o la reinterpretación unilateral de acuerdos, el planeta entra en una zona donde la inversión se encarece, el comercio se politiza y la previsibilidad se esfuma. Davos, paradójicamente, se transforma en la “certificación” de ese giro: el fin de la ilusión del orden común y el ascenso de un orden transaccional, donde la soberanía de los demás se mide en dependencia comercial.
Para países como Argentina —más aún si están alineados y dependientes— el riesgo es terminar festejando la foto mientras se firma la letra chica. Porque el mundo que viene premia a los que negocian con interés nacional explícito, no a los que aplauden. Y si algo enseña este arranque de 2026 es que, en la nueva lógica, la economía deja de ser un tablero técnico y vuelve a ser un campo de batalla.
En el guion que Trump viene empujando, el derecho internacional deja de ser un marco común y pasa a ser una formalidad negociable: vale mientras no estorbe al interés estratégico de Estados Unidos. Esa es la lógica del “sheriff global” reloaded: si un acuerdo limita la maniobra, se lo reinterpreta; si una norma incomoda, se la esquiva; si un organismo objeta, se lo presiona con mercado, sanciones o aranceles. No hace falta declarar “no lo necesito”: alcanza con actuar como si no existiera.
El problema es el precedente. Cuando la principal potencia del sistema convierte reglas en opción, el mundo entra en una etapa de “ley del más fuerte” con lenguaje financiero: sube el riesgo, cae la previsibilidad, se encarecen inversiones y se politiza el comercio. Y en esa cancha, los países dependientes quedan atrapados entre la foto y la letra chica: pueden alinearse para sobrevivir en el corto plazo, pero pagan con soberanía económica a mediano plazo si no plantan una agenda propia, medible y defensible.
