Por el Profesor Jorge Lindon // La inteligencia artificial no llegó para apagar el esfuerzo humano, sino para multiplicarlo. La pregunta ya no es si habrá cambio, sino quién lo va a conducir: una política tardía o una sociedad que decide organizarse, producir valor y distribuir oportunidades con reglas nuevas.
La Argentina está frente a una bisagra histórica: seguir discutiendo empleos del siglo XX o diseñar ingresos del siglo XXI. Durante décadas, el contrato social giró alrededor del salario tradicional, pero hoy ese esquema quedó corto frente a la automatización, la economía de plataformas y la hiperproductividad digital. Insistir con recetas viejas para problemas nuevos no es prudencia: es negación. Si la tecnología acelera, la respuesta institucional también debe acelerar. El desafío no es “defender lo que se pierde”, sino construir lo que viene con justicia, escala y sentido federal.
Primer consenso imprescindible: separar ingreso de empleo clásico. No para eliminar el trabajo, sino para reconocer que el valor social también se crea fuera de la relación salarial formal. Cuidar, enseñar, crear contenidos, resolver problemas comunitarios, desarrollar microservicios digitales, producir cultura y deporte, todo eso genera valor económico directo e indirecto. Argentina puede liderar un modelo mixto: salario donde corresponda, más ingresos complementarios por contribución social verificable, con trazabilidad digital, metas públicas y premios por impacto real. Es una arquitectura más inteligente que el asistencialismo pasivo y más humana que el “sálvese quien pueda”.
Segundo consenso: capitalizar datos, talento y creatividad local. Cada ciudad tiene activos subutilizados: saberes culturales, capacidades técnicas, redes barriales, clubes, escuelas, pymes y medios. La IA permite transformar ese capital disperso en productividad concreta: catálogo digital de bienes y servicios, formación exprés para vender al mundo, automatización para pequeños negocios, y circuitos de comercialización con moneda de propósito (créditos o tokens de uso específico) orientada a cultura, deporte, educación y prevención en salud. No se trata de “futurismo”: se trata de poner en marcha mercados donde hoy sólo hay esfuerzo invisible.
Tercer consenso: alfabetización masiva en IA como política de supervivencia nacional. Así como la escuela pública alfabetizó en lectura y escritura, ahora debe alfabetizar en productividad aumentada: diseñar prompts, verificar fuentes, automatizar tareas, crear prototipos, vender servicios digitales y proteger derechos en entornos algorítmicos. Docentes, estudiantes, trabajadores independientes, cooperativas y adultos mayores deben entrar en una misma estrategia de reconversión. La brecha ya no es sólo de conectividad: es de capacidad para convertir conocimiento en ingreso. Quien no entrene eso, queda afuera del nuevo mapa económico.
Cuarto consenso: instituciones ágiles para un tiempo veloz. La democracia no fracasa por debatir: fracasa cuando llega tarde. Se necesitan marcos simples y auditables para pilotos de innovación pública: compras estatales de soluciones locales, fondos concursables por resultados, sandbox regulatorios para economía creativa y plataformas de exportación de servicios desde el interior profundo. Menos ventanilla, más misión; menos relato, más tablero de control ciudadano. Gobernar en esta era exige medir impacto semanal, corregir rápido y escalar lo que funciona.
Quinto consenso: federalizar la oportunidad. Si la IA sólo mejora balances en grandes centros urbanos, agranda desigualdades; si se integra a economías regionales, puede abrir una nueva etapa de arraigo y movilidad social. Jujuy, Perico, Monterrico, La Quiaca y cada ciudad del NOA pueden ser nodos de producción cultural, educativa, turística, deportiva y tecnológica con alcance global. La nueva riqueza no depende sólo del subsuelo o del puerto: depende de la capacidad de una comunidad para organizar su inteligencia colectiva y convertirla en valor exportable.
La esperanza, entonces, no es un eslogan: es un plan de transición. Del miedo al protagonismo significa pasar de la queja a la arquitectura, del diagnóstico a la implementación, del individuo aislado a la comunidad productiva. La tecnología más poderosa de la historia puede convertirse en una fábrica de descarte o en una plataforma de dignidad compartida. Esa decisión no la tomará un algoritmo: la tomamos nosotros. Y cuando una sociedad decide crear reglas nuevas para incluir, producir y cuidar, el futuro deja de ser amenaza y vuelve a ser promesa.
