Hay historias que no caben en los libros de historia. Historias que no se enseñan en las aulas, pero que laten en el corazón de la patria como un recuerdo vivo, tierno y estremecedor. Así es el relato de Walter Díaz, ex combatiente de Malvinas, sobreviviente del Crucero General Belgrano, que llegó desde Salto, provincia de Buenos Aires, a La Quiaca, el punto más septentrional de Argentina, para revivir —una vez más— el 2 de abril. No como una fecha, sino como una herida, como un símbolo, como una promesa eterna.
“No tengo palabras por el recibimiento que me dieron, vine por un paseo, pero estar acá justo un 2 de abril es algo que no estaba planeado. Es la tercera vez que visito La Quiaca, pero esta vez… esta vez fue diferente”, dijo Walter, con la voz entrecortada y los ojos humedecidos por la emoción. Y no era para menos. Había estado en Ushuaia para los 25 años de la guerra. Ahora, estaba en el otro extremo de la patria. Desde el fin del mundo al norte infinito. Como si su propia vida cerrara un círculo de dolor, coraje y memoria.
Walter tenía 19 años recién cumplidos cuando la historia lo llamó. Estaba cumpliendo el servicio militar obligatorio a bordo del Crucero General Belgrano, que fue atacado y hundido el 2 de mayo de 1982. “Salpamos el 16 de abril, después de trabajar día y noche para terminar las reparaciones. El 2 de mayo, el submarino británico lanzó sus torpedos. El primero impactó en la popa del barco. Perdimos todo: luz, energía, propulsión. Quedamos a la deriva. 323 compañeros murieron. Nosotros fuimos rescatados y llevados a Puerto Belgrano. Ahí empezó otra historia.”
Pero si hay un momento que define la fibra patriótica de Walter Díaz, es el que él mismo relata entre lágrimas, y que estremece hasta al más duro de los corazones: el reencuentro con sus padres. “Nos subieron a colectivos que partían hacia diferentes puntos del país. Cuando nombran mi nombre y dicen que había familiares esperándome, no lo podía creer. Mis padres no tenían medios, apenas un auto viejo… Pero estaban ahí. Habían hecho lo imposible. Cuando me levanté del asiento y vi a mi papá en la puerta… ese abrazo, ese abrazo aún lo siento como si fuera hoy.”
En ese abrazo está la patria. Está el miedo, la espera, la angustia, la esperanza. Está la Argentina que duele y que resiste. La que no se rinde. La que aún sangra por Malvinas, pero que también se sostiene en héroes como Walter, que caminan entre nosotros sin estridencias, con la humildad de los verdaderos gigantes.
Walter no vino a La Quiaca a buscar homenajes. Vino a traer un mensaje. A recordar que la historia no es solo una efeméride, sino un mandato. “Les pido a las nuevas generaciones que sigan el legado de nuestros héroes. Que no olviden su sacrificio, la sangre que dejaron en esas islas. Hoy sentimos un poco más de reconocimiento, y lo agradecemos. Pero el legado tiene que continuar.”
Ese legado es el que La Quiaca abrazó al recibirlo. Es el que deben abrazar todas las ciudades, todos los pueblos, cada rincón de esta Argentina fragmentada. Porque mientras un joven como Walter, con 19 años, enfrentaba el horror de una guerra, miles de otros vivían sin saber que la historia se estaba escribiendo con fuego y lágrimas. Hoy, tenemos la responsabilidad de escribir la próxima página con justicia, con memoria y con orgullo.
Walter Díaz es el nombre que hoy nos conmueve. Pero en él viven los 649 héroes caídos. Y también los 323 que se hundieron con el Belgrano. Y todos los padres, las madres, los hermanos que esperaron con miedo la noticia que no llegaba.
Desde el fondo del mar hasta lo alto de La Quiaca, su testimonio es una bandera que no se arría. Es el grito sagrado de un país que aún sueña con recuperar lo perdido, pero sobre todo, con nunca más olvidar.