“El Caribe en la Mira”: La nueva doctrina Trump y el regreso de la conquista abierta

“El Caribe en la Mira”: La nueva doctrina Trump y el regreso de la conquista abierta

Perico Noticias 5 de enero del 2026 // La política exterior estadounidense parece estar retrocediendo décadas, no solo en tono, sino en sus premisas fundamentales. Las recientes declaraciones de Donald Trump, quien dedujo cambios en Venezuela por su “catástrofe económica a falta de petróleo” y afirmó sin tapujos que Cuba “está a punto de caer”, trasluce algo más profundo que un análisis geopolítico: es el bosquejo de una nueva y peligrosa doctrina de conquista abierta para el Caribe.

Trump no está descubierto América. La crisis venezolana es crónica y la cubana, estructural. La verdadera revelación está en lo explícito de la ambición y en el marco conceptual que la sustenta. Al vincular la debilidad económica con una inevitable “caída” y, simultáneamente, proclamar que “Estados Unidos domina”, está articulando un principio de acción que recuerda al más crudo imperialismo del siglo XIX: la esfera de influencia es un derecho natural del más fuerte, y la vulnerabilidad del vecino es una invitación a la intervención.

Este no es un discurso aislado. Es la culminación lógica de una narrativa que desprecia la multilateralidad y el derecho internacional. Si en su anterior mandato la retórica fue disruptiva, ahora se presenta como una hoja de ruta. Al señalar a Cuba como fruta madura a punto de caer, Trump está enviando un mensaje claro a sus bases, a la élite del poder en Washington y a los propios regímenes en La Habana y Caracas: la paciencia se acabó; la era de la contención y la diplomacia difusa ha terminado. Lo que viene, sugiere, es la era de la recolección forzosa.

El cálculo es tan audaz como riesgoso. Se basa en la premisa de que el “dominio” estadounidense en su patio trasero es absoluto y incontestable, ignorando deliberadamente la compleja red de alianzas que China y Rusia han tejido en la región, particularmente con Venezuela. Asume que una intervención o una intensificación máxima de la presión sería un acto quirúrgico, sin considerar el colosal costo humanitario, la inestabilidad regional masiva y la resistencia nacionalista que generaría. Es la visión de un jugador de póker que, creyendo tener la mano ganadora, apuesta todo el patrimonio sin ver las cartas comunitarias.

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Para América Latina, este posicionamiento es una campana de alarma. Señala el fin de cualquier ficción de relaciones entre estados soberanos bajo el principio de no intervención. Reduce a los países de la región a meros peones en un tablero de poder, cuya soberanía es condicional a su alineamiento y fortaleza. Es un llamado a la polarización y a la sumisión, donde la autonomía se paga cara.

La proclamación de Trump de que “EEUU domina” puede ser un dato fáctico en términos de poderío militar bruto. Pero la historia enseña que el dominio que se ejerce solo mediante la coerción y la explotación de la debilidad ajena es el más inestable y costoso de todos. Al anunciar sus ambiciones sobre Cuba con la crudeza de un corolario Roosevelt del siglo XXI, Trump no está demostrando fortaleza. Está revelando una ansiedad profunda por el declive relativo de su país y apostando a una solución expansionista que, lejos de asegurar su hegemonía, podría precipitar su deslegitimación final y encender conflictos de impredecibles consecuencias en un continente que anhela, más que nunca, escribir su propio destino.

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