Redacción Perico Noticias // El viejo orden económico ha comenzado a implosionar. La era de la globalización sufre un sismo de proporciones históricas que tiene nombre y apellido: Donald Trump. La decisión del expresidente norteamericano de imponer un arancel base del 10% a todas las importaciones marca un giro brutal hacia el proteccionismo más radical del siglo XIX, y su impacto ya comienza a sentirse como un estruendo en todos los rincones del planeta. Argentina no es la excepción. De hecho, está entre las más golpeadas.
La medida tiene una lógica clara y despiadada: relocalizar industrias, repatriar empleos, blindar el consumo interno estadounidense a cualquier costo. Es el punto final —y violento— a la fantasía del “libre comercio” sostenida por décadas. Trump no negocia: impone. Estados Unidos ya no quiere competir, quiere dominar con nuevas reglas. Y el mensaje es nítido: o producen acá, o no venden acá.
El imperialismo se retira… para atacar desde adentro
Este no es solo un cambio comercial. Es una redefinición geopolítica: el “imperio” se reconfigura, se repliega, pero con dientes afilados. Algunos sectores del establishment norteamericano ya lo dicen sin pudor: «deshacer el imperio para salvar la nación». La premisa de Trump es sencilla pero explosiva: ya no se puede financiar el aparato militar más grande del planeta y, al mismo tiempo, permitir que China y otras potencias “emergentes” sigan drenando la producción industrial norteamericana.
Esta embestida afecta directamente a China, Europa, México, Brasil y Argentina. Y ahí empieza nuestro verdadero calvario.
Argentina: el país abierto que camina hacia el matadero
En un país que viene de perder más del 20% de su producción industrial, que no genera empleo registrado hace una década y cuya economía está atada con alambres al Fondo Monetario Internacional, las consecuencias son catastróficas. Mientras Donald Trump arma un muro económico, el gobierno de Javier Milei celebra la demolición del tejido productivo local como si se tratara de una fiesta libertaria.
La ironía sangra: nos abrimos al mundo cuando el mundo se cierra a nosotros. La estrategia de Milei de desregular la economía y abrazar ciegamente el mercado norteamericano encuentra hoy su límite. Un límite violento. Porque lo que se viene es la invasión de productos chinos que ya no podrán entrar a Estados Unidos y buscarán otros mercados: el nuestro, abierto como un animal desprotegido.
Las fábricas locales no resistirán esta avalancha. Los comercios tampoco. Y detrás de cada cierre hay trabajadores, familias, ciudades enteras que verán esfumarse la última esperanza de sobrevivir con dignidad. No se trata solo de bicicletas, textiles o juguetes: se trata de soberanía, de empleo, de país.
Trump prende fuego el dólar y la Argentina entra en zona de demolición
Los mercados ya entraron en modo pánico. Las acciones caen, el oro se dispara, y los capitales huyen hacia activos seguros. Eso significa una sola cosa: el dólar volverá a escalar en la Argentina, como un lobo al que le soltaron la correa. El Banco Central, sin reservas y con una política monetaria esclavizada, no podrá contener la corrida por mucho tiempo.
Un dólar más caro es más inflación. Más inflación es más pobreza. Más pobreza es más violencia social. Así se cierra el círculo perverso de la dependencia.
El modelo Milei: aplaudir la soga con la que te ahorcan
Lo más doloroso no es el golpe, sino la sumisión. Mientras Lula en Brasil se prepara para cerrar su economía y proteger su industria, mientras Europa evalúa represalias comerciales y China redirige su estrategia, el gobierno argentino festeja las medidas de Trump. Lo hace con una fe ciega, con un infantilismo ideológico que roza la traición.
¿Cómo se puede explicar que se celebre el desguace del aparato productivo nacional? ¿Cómo puede un presidente que dice “amar la libertad” someter al país a una lógica extranjera que lo condena a ser solo exportador de materias primas? Argentina tiene petróleo, gas, alimentos, talento, capacidad industrial. Pero bajo este modelo, solo se le permite tener hambre.
Es hora de elegir: ser peón de otros imperios o forjar nuestro propio destino
El golpe de Trump es el catalizador. Pero el problema en la Argentina es estructural, profundo y dirigencial. No alcanza con cambiar gobiernos: hay que cambiar paradigmas. No podemos seguir esperando que los dólares vengan de afuera mientras cerramos fábricas adentro. No podemos seguir endeudándonos para pagarle a los que nos hunden. No podemos tener un presidente que viaja a mendigar a Washington mientras millones de argentinos no pueden ponerle pan a la mesa.
Es momento de elegir: producción o especulación, patria o colonia, futuro o desintegración. La historia no esperará. El mundo ya cambió. O Argentina cambia con coraje, o será arrasada como nunca antes.