El gobierno libertario está en terapia intensiva. El lunes 8 de septiembre será recordado como el día en que las corridas marcaron la desnudez de un modelo agotado, sostenido apenas por miedo, codicia y una tasa de interés delirante del 75% anual. Un festival financiero que premia a pocos mientras condena a millones.
Milei apeló a la especulación como tabla de salvación: bonos, plazos fijos y negocios de coyuntura. Pero detrás del espejismo se esconde la certeza brutal: la economía real está muerta. No hay producción, no hay trabajo, no hay horizonte. Solo una máquina de generar deuda y una trama de corrupción que corroe al poder desde adentro.
El símbolo es inocultable: mientras la gente corre a refugiarse en el dólar, el gobierno corre de escándalo en escándalo, hundido por el “3% de la coima presidencial” y el saqueo sistemático de recursos públicos. El relato de la motosierra terminó en lo que siempre fue: un negocio privado con disfraz libertario.
La caída es vertical y no tiene red. Milei ya no arrastra esperanzas, arrastra cadáveres políticos: sus candidatos en todo el país, sepultados bajo el desprestigio de un presidente que se convirtió en sinónimo de corrupción y fracaso. Octubre será el cementerio de su proyecto, y las urnas serán la lápida que cierre esta farsa.
El pueblo lo sabe: hay que esperar las elecciones con dólares en la mano. No como un acto de fe en la especulación, sino como símbolo del desmoronamiento de un poder que quiso jugar con fuego y terminó incendiado. Milei se hunde, y con él, todos los que apostaron a la estafa libertaria.
El pueblo argentino entendió la estafa: no era rebeldía, era oportunismo; no era revolución, era circo barato.
Octubre no será una elección más: será el juicio histórico contra un gobierno que prometió libertad y dejó vergüenza.