Perico Noticias, 21 de enero del 2026 // Argentina está viviendo una anomalía que se siente en la góndola, en el kiosco y en la mesa familiar, aunque no siempre se refleje con la misma crudeza en los números oficiales: la inflación real que golpea el bolsillo viene empujada por precios “en dólares”. Cuando los insumos clave de la economía —energía, combustibles, logística, tecnología, repuestos, agroquímicos, semillas, alimento balanceado, envases— se mueven con referencia dólar, el resultado es simple: la suba efectiva del costo de vida y de producir termina siendo mayor que la inflación “promedio” que mira el índice, porque una parte decisiva del país compra y vende con reglas dolarizadas.
Argentina aparece con uno de los Big Mac más caros del mundo en dólares. Allí se menciona un valor cercano a USD 7,37, apenas por debajo de Suiza (USD 7,99) y por encima de países desarrollados como Noruega, Italia o Estados Unidos. Traducido sin vueltas: no es que la hamburguesa sea un lujo, es que la economía quedó atrapada en un esquema donde muchos precios internos se alinean al dólar, mientras los ingresos de la mayoría no lo hacen. Esa brecha es el verdadero impuesto invisible: erosiona el poder adquisitivo y desploma el consumo.
Por eso el drama cotidiano ya no es “darse un gusto”, sino comer. La prioridad nacional pasó a ser llenar la olla. Y cuando comer se convierte en el primer objetivo del mes, todo lo demás se cae en cascada: indumentaria, electrodomésticos, salidas, turismo, mejoras en el hogar. En provincias como Jujuy, donde el mercado es más chico y la precariedad laboral pega más fuerte, el impacto se multiplica: menos consumo, menos ventas, menos empleo, y un clima social de agotamiento donde “la luz al final del túnel” se ve cada vez más lejana.
Este fenómeno también castiga con dureza a la producción agrícola. En el NOA, producir es sostener una estructura de costos crecientemente dolarizada: desde el gasoil hasta los fertilizantes, desde el mantenimiento de maquinaria hasta los insumos importados que se pagan a valor internacional. Con esos números, las economías regionales pierden competitividad: no solo se hace difícil exportar, sino también mantener precios internos sin que el productor termine trabajando a margen cero. En términos de gestión: se rompe la ecuación de rentabilidad, y sin rentabilidad no hay inversión, ni incorporación de tecnología, ni empleo genuino en la cadena.
La consecuencia es una trampa estratégica: se pide “más producción y más exportación”, pero se financia una estructura donde el costo se dolariza y el ingreso se pesifica. El resultado final lo paga el consumidor, lo sufre el productor y lo capitaliza la incertidumbre. Si el objetivo es recuperar consumo, empleo y paz social, no alcanza con mirar un indicador: hay que administrar la economía real, donde el dólar manda en costos y el salario corre atrás.
En La Quiaca, esta realidad se traduce en familias reordenando su presupuesto con lógica de emergencia, comercios vendiendo menos y productores con márgenes cada vez más finos. No es pesimismo: es diagnóstico. Y sin diagnóstico verdadero, no hay salida. La discusión que viene no es solo cuánto marca el índice, sino cuánto cuesta vivir y producir en un país con inflación en dólares.
