Hay un error madre que la Argentina viene cometiendo —y que en Jujuy se siente con crudeza—: creer que el deporte es un “extra” y no una política de Estado. Como si la actividad física fuera solo una postal simpática para la foto del funcionario, y no una infraestructura humana que define salud, conducta social, resiliencia y futuro.
Mientras el país discute reformas macro y recortes, hay una bomba silenciosa que nadie quiere desactivar: la precarización del sistema deportivo y formativo. Y no es una discusión estética; es una discusión sanitaria, educativa y moral.
El “vale todo” en gimnasios y clubes: el fraude de la improvisación
En Jujuy (y en gran parte del país) se naturalizó un fenómeno peligroso: “dirigir actividad física” se volvió un territorio liberado. Basta haber “jugado”, tener “pinta” de entrenador o acumular seguidores en redes para dictar clases, prescribir cargas, someter a adolescentes a rutinas sin control, y manejar grupos sin herramientas pedagógicas.
Eso no es pasión: es riesgo operativo.
La práctica responsable exige formación profesional, no solo para cuidar articulaciones o prevenir lesiones, sino para educar en hábitos, gestionar grupos, trabajar valores, detectar señales de alerta, y diseñar progresiones seguras. Esto no es marketing: es competencia técnica.
El dato que quema: cuando la juventud queda a la intemperie
La salud pública ya reconoce el problema: existe vigilancia epidemiológica específica sobre intentos de suicidio y su definición operacional dentro del sistema de salud.
Y distintas jurisdicciones y materiales técnicos remarcan la dificultad histórica por subregistro y la necesidad de fortalecer notificación y abordajes integrales.
¿Y qué tiene que ver esto con el deporte? Todo.
Porque cuando la política deportiva se reduce a eventos, camisetas y trofeos, desaparece lo verdaderamente protector:
- el sentido de pertenencia,
- la rutina,
- el adulto referente,
- la comunidad,
- el propósito,
- la contención emocional a través del movimiento,
- la alfabetización corporal y social.
Sin eso, el pibe queda solo frente a sus pantallas, su ansiedad, su autoestima rota y su economía familiar quebrada. Y ese cóctel no perdona.
La caída del recurso humano: no hay valores sin metodología
No se trata solo de “falta de campeones”. El daño real es peor: sin educación física seria, los clubes y gimnasios dejan de ser escuelas de carácter. Y si no se enseñan siquiera juegos cooperativos, convivencia, reglas, roles y responsabilidad, después nos sorprendemos de la violencia social, del descarte juvenil y de la incapacidad de sostener un proyecto de vida.
Cuando un territorio pierde calidad formativa en deporte, pierde capital social. Y sin capital social, no hay desarrollo posible.
Jujuy necesita una decisión política: profesionalizar o seguir pagando el costo
Esto no se resuelve con discursos. Se resuelve con ingeniería institucional:
- Registro provincial obligatorio de prestadores y responsables de espacios de actividad física (públicos y privados).
- Exigencia de dirección técnica por profesionales habilitados, con auditorías y sanciones graduadas.
- Protocolos mínimos: apto físico según riesgo, emergencias, RCP, derivación, historia clínica deportiva.
- Convenios con municipios y educación para que colonia, escuela, club y gimnasio no sean selva.
- Plan provincial de deporte y salud mental: el deporte como red comunitaria, no como show.
Y acá viene la frase incómoda: la enfermedad de fondo es moral y cognitiva. Porque muchos dirigentes prefieren el sistema informal: es más barato, más manejable, más clientelar, más fácil de llenar con amigos. Pero ese “ahorro” se paga con lesiones, frustración, abandono deportivo, adicciones, violencia y angustia.
2026: la oportunidad del giro copernicano
Jujuy puede seguir repitiendo el modelo agotado —improvisación, subcontratos invisibles, clubes decapitados y gimnasios sin control— o puede hacer lo que corresponde: transformar el deporte en una política madura, con planificación, ética y profesionales.
La pregunta final no es si hace falta. La pregunta es si la dirigencia tiene estatura para hacerlo.
Porque si el Estado no crea red, la red la crea el mercado… o no la crea nadie. Y cuando no hay red, cae el que siempre cae: el pibe, la familia y el futuro.
