Perico Noticias, 8 de enero del 2026 // Jujuy se prepara para otro round incómodo: volver a quedar por encima de la inflación nacional. No es una bravata ni una frase para editorializar la bronca; es la consecuencia lógica de una estructura de precios donde pesan más los costos de distancia, la dependencia de insumos traídos, los servicios regulados y una economía real con poca competencia efectiva. El mes pasado, el IPC de Jujuy ya se ubicó arriba del nacional (2,8% vs 2,5%). Y cuando la película es de aceleración, las provincias periféricas suelen cobrar la factura primero.
El Gobierno nacional vendió una hoja de ruta con meta de inflación anual “de un dígito”: el Presupuesto 2026 proyectó 10,1% y dólar promedio “planchado”. El problema es que el mercado y los datos vienen marcando otra música: noviembre ya mostró aceleración (2,5% mensual), con empuje fuerte en vivienda/servicios y transporte. Y las expectativas privadas, medidas por el REM del BCRA, no validan un sendero de 0,8% mensual compatible con ese 10% anual: para enero se movían alrededor del 2% (y luego bajando gradualmente). Es decir: el “número político” está, pero el “número operativo” no cierra.
En ese contexto, Jujuy corre con desventaja. Si la inflación nacional se recalienta por tarifas, combustibles o transporte, en Jujuy el impacto suele ser más directo y más rápido, porque la canasta cotidiana está atravesada por fletes, estacionalidad y un ecosistema comercial donde el margen se defiende por supervivencia. Y cuando la economía está fría —consumo retraído— los aumentos no desaparecen: se redistribuyen de manera más regresiva, porque el que no tiene espalda financia con deuda y paga más caro. Este mix explica por qué el “al menos un punto arriba” no es una exageración como escenario de riesgo: si hay shock de servicios y logística, Jujuy no acompaña: sobre-reacciona.
La otra señal que desmiente el optimismo oficial es financiera. Con tasas altas y crédito caro, la banca está diciendo (sin discurso) que no compra del todo el relato de estabilidad: cuando el costo del dinero no baja, es porque el riesgo percibido sigue ahí. En criollo: si el sistema privado no afloja condiciones, es porque ve volatilidad en el horizonte. Y una economía sin crédito razonable no tiene “verano”: tiene parálisis con microaumentos permanentes.
Entonces, ¿qué hacer con Jujuy en 2026? La respuesta no es declamativa: es gestión de riesgo social. Si Nación prioriza déficit cero “a cualquier costo”, las provincias quedan con la responsabilidad de armar amortiguadores propios. Y ahí aparece el punto crítico: Jujuy no puede esperar. Necesita, ya, una mesa de contingencia provincia–municipios para anticipar conflictos (tarifas, alimentos, transporte), y un paquete de medidas quirúrgicas: compras públicas inteligentes para abaratar insumos críticos, acuerdos de abastecimiento local, alivios focalizados (no slogans), y sobre todo un plan de empleo joven que sea algo más que promesa. Porque si la inflación provincial vuelve a ganarle a la nacional, no es un dato estadístico: es tensión en la calle.
El mensaje final es directo: si la inflación acelera y Jujuy vuelve a quedar arriba, no alcanza con culpar “a Buenos Aires” ni con tuitear indignación. La cadena de responsabilidades es completa: el Ejecutivo provincial por anticipación y herramientas, la Legislatura por control y marcos, y los municipios por la contención territorial y el termómetro social. Si no hay tablero de comando, el 2026 no será un año “duro”: será un año ingobernable por acumulación de microcrisis.
