Perico Noticias, 9 de febrero del 2026 // Hay datos que no admiten relato. Jujuy aparece 38,3% por debajo del PIB per cápita promedio nacional. No es un tropiezo coyuntural: es la radiografía de una pobreza estructural crónica y de una dirigencia que, en lugar de corregir el rumbo, lo administra con resignación y propaganda.
Mientras CABA y varias provincias patagónicas multiplican productividad, inversión y valor agregado, gran parte del Norte Grande sigue atrapada en un esquema de baja complejidad económica, informalidad laboral y dependencia fiscal. Jujuy no escapa: está en el bloque de provincias que generan menos riqueza por habitante y, por lo tanto, tienen menos margen para financiar desarrollo real, salarios dignos y movilidad social.

Lo más grave no es solo la brecha material. Es la pobreza cognitiva de la política: incapacidad para leer evidencia, diseñar estrategia de largo plazo y ejecutar políticas públicas con métricas, plazos y rendición de resultados. Se repiten diagnósticos, se multiplican actos, se reciclan nombres; pero no aparecen reformas de fondo en productividad, educación técnica, infraestructura logística, innovación pyme ni articulación exportadora.
Cuando una provincia convive durante años con indicadores de rezago y no cambia su matriz decisional, ya no hablamos de mala suerte: hablamos de ineficiencia institucional. Y esa ineficiencia tiene costo humano: jóvenes que migran, empleo precario, comercio débil, familias endeudadas y expectativa social en descenso.
Jujuy necesita pasar del discurso al tablero de control: metas públicas verificables, presupuesto por resultados, profesionalización de equipos y un pacto productivo que trascienda partidos.
Porque ningún pueblo es pobre por destino.
Pero sí puede empobrecerse por conducción.
