Mientras el país entero se debate entre la lógica de la polarización nacional, en Jujuy comienza a emerger con fuerza una alternativa real, concreta y profundamente conectada con el dolor del ciudadano común: el Frente Amplio. En un contexto en el que el 90% de los argentinos siente que no puede ganarle a la inflación —según la última encuesta de La Política Online—, esta nueva fuerza política encarna el grito contenido de una provincia históricamente postergada, que ha decidido no callarse más.
El mileismo, que llegó al poder con promesas de libertad, ha demostrado ser una maquinaria brutal de exclusión económica. Bajo el pretexto de liberar mercados, libera precios, pulveriza ingresos y desmantela los escasos derechos conquistados. En nombre del «orden», ha transformado la vida cotidiana en una carrera de supervivencia donde el salario pierde valor a cada amanecer y donde Jujuy queda cada vez más lejos del desarrollo, más cerca del abandono.
Ante ese panorama, el Frente Amplio emerge como la verdadera antípoda del experimento libertario, no desde el discurso vacío o la nostalgia partidaria, sino desde la acción territorial concreta: logró presentar listas en las 66 localidades de la provincia, algo que ni el PJ ni otras fuerzas lograron en estas elecciones anticipadas. Y eso no es sólo una hazaña organizativa: es una señal clara de que la provincia empieza a construir, desde abajo, su propia salida a la crisis.
Los referentes del Frente Amplio no aparecen como salvadores mesiánicos, sino como catalizadores de un primer gran consenso: las puertas abiertas en cada rincón de Jujuy, la escucha activa como método, la transparencia como norma, y la participación social como herramienta de control del poder. Su propuesta se sustenta en crear nuevas herramientas desde la renovación política, para intervenir con inteligencia en la microeconomía, esa dimensión olvidada por los tecnócratas de Buenos Aires, pero vital para la subsistencia cotidiana de miles de familias jujeñas.
En este escenario de ajuste feroz, no hay margen para medias tintas. El Frente Amplio se planta como el ariete que puede derrumbar el castillo de naipes libertario, que intenta sostenerse con marketing y represión simbólica, mientras la inflación devora cada día un poco más la esperanza. El modelo libertario no es un error de cálculo, es una decisión ideológica: empobrecer para disciplinar. Pero Jujuy no se disciplina, Jujuy responde, y en esta elección lo hace con una alternativa que tiene territorio, diagnóstico y convicción.
No es casual que los viejos partidos intenten revivir con «caras nuevas» mientras mantienen los mismos pactos de silencio. Frente a eso, el Frente Amplio no solo expone las fallas del modelo nacional, sino que propone algo que el mileismo jamás podrá ofrecer: una economía al servicio de las personas, no del Excel de Caputo. Una política que se define con asambleas, no con planillas. Un proyecto de provincia que apuesta a la vida digna y no a la resignación.
El Frente Amplio no es solo una alternativa electoral: es la manifestación política de una sociedad que ya no tolera el desprecio. Su despliegue territorial no se traduce en pancartas vacías ni promesas de ocasión, sino en un compromiso de fondo con la justicia social, la redistribución del poder y la defensa del tejido comunitario. Allí donde la motosierra arrasa, este frente siembra: empleo, producción local, organización popular y una democracia que no se agota en las urnas, sino que se respira en cada barrio, en cada comunidad.
Jujuy, que tantas veces fue usada como laboratorio del poder central, esta vez ofrece una lección: no hay futuro sin dignidad, no hay progreso sin equidad. El Frente Amplio lo entiende, lo encarna y lo multiplica. No desde un púlpito, sino desde el barro. Porque en tiempos donde el mercado manda y el Estado retrocede, volver a creer en la política —esa que sirve, que escucha, que construye— es, simplemente, una forma de resistir. Y de empezar, por fin, a ganar.