Perico Noticias, 27 de enro del 2026 // La economía no se entiende por slogans: se entiende por caja doméstica. Aunque algunos indicadores nacionales muestren desaceleración, la vida real cuenta otra historia: los gastos fijos (servicios, transporte, alimentos, educación, alquileres donde los hay) siguen escalando. Ese combo achica el margen de comerciantes, cuentapropistas y asalariados. Cuando el margen se achica, se compra menos. Y cuando se compra menos, el comercio afloja, el trabajo se enfría y el circuito se retroalimenta: recesión en modo “corto”.
En Jujuy ya se siente en el termómetro más sensible: el ecosistema pyme y minorista. Almacenes, indumentaria, ferreterías, gastronomía, remises, talleres, kioscos: el “corazón urbano” de la provincia. La caída no siempre se ve como persiana baja; muchas veces se ve como ventas que no rotan, promociones permanentes, stock quieto y horarios recortados. La recesión se vuelve cultural: se aprende a no gastar.
El problema es de demanda agregada. Si el mercado interno se apaga, no hay estrategia individual que lo compense. La familia prioriza lo esencial, el comerciante achica reposición, el proveedor estira plazos, y el sistema financiero cobra su peaje: crece el pago mínimo, se multiplica la refinanciación y la mora empieza a morder, sobre todo en tarjetas. El “rebote” no llega porque no nace donde debería: en ingresos y facturación.
Ahí aparece una clave política que en Jujuy se subestima: el cansancio vota. Cuando la heladera manda y el bolsillo se desangra, la ciudadanía no premia discursos; castiga gestiones. Y suele castigar primero al oficialismo más cercano —el provincial o municipal— porque es el que se ve, el que atiende, el que pone la cara. Pero si existieran alternativas sólidas y creíbles, también se ampliaría el castigo al oficialismo nacional: la bronca no tiene un solo destinatario, tiene un origen concreto.
La dirigencia jujeña, en general, llega tarde al diagnóstico de raíz: no es “una mala racha”, es un cambio de régimen económico que está desplazando costos hacia los hogares. Se retiraron subsidios, subieron tarifas relativas, se encarecieron servicios y se comprimió el consumo. En ese marco, la política queda atrapada en administración de daños: parches, anuncios, culpas cruzadas, y ninguna agenda robusta para reactivar demanda sin hipotecar el futuro.
Incluso el espacio nacional que hoy gobierna —con errores y contradicciones— entendió una verdad incómoda: millones de personas siguen necesitando asistencia. Por eso aparecen planes de contingencia que no resuelven, pero amortiguan. Son un colchón para evitar el estallido, no una salida. El problema es que ese colchón ya no compra paciencia indefinida: en Jujuy la espalda social se agota, y cuando se agota, el humor se vuelve impredecible.
Cierre con filo: Jujuy no necesita épica de ajuste; necesita rebote de ingresos. Si no suben salarios reales y no se recupera facturación, no hay derrame: hay goteo… y se lo lleva la mora. Y cuando la economía no da aire, la política queda sin margen. Porque en el norte, cuando la cuenta no cierra, la boleta también pasa factura.
