Perico Noticias, 5 de febrero del 2026 // Las advertencias de Pablo Tigani ponen el foco donde más duele: si el Gobierno manipula la medición de inflación, no solo licúa ingresos de jubilados y trabajadores; también destruye la credibilidad que sostiene bonos, riesgo país y financiamiento. Cuando la confianza se quiebra, el ajuste deja de ser plan y pasa a ser detonador.
Hay un punto de no retorno en toda política económica: el momento en que el relato oficial se divorcia de la realidad cotidiana. Ese punto, según las declaraciones de Pablo Tigani, ya fue cruzado. Y no en un detalle técnico menor, sino en el corazón del sistema: la medición de la inflación.
Si la inflación “oficial” no coincide con lo que paga una familia en alimentos, servicios, transporte y medicamentos, el problema deja de ser estadístico y se vuelve político, social y financiero. Porque el índice de precios no es un paper académico: define jubilaciones, salarios, bonos indexados, transferencias, contratos y expectativas. Tocar ese termómetro es alterar toda la arquitectura de confianza de una economía.
Tigani plantea algo clave: el mercado no castiga por moral, castiga por riesgo. Puede tolerar dureza, ajuste y conflicto, pero no tolera desprolijidad, opacidad ni señales contradictorias. Cuando se sospecha manipulación de datos, sube el riesgo país, cae el precio de los bonos y aumenta el costo de refinanciar deuda. Es decir, el mismo frente donde el oficialismo presume fortaleza empieza a erosionarse.
A esto se suma un esquema delicado: dólar planchado, tasas atractivas y alta movilidad de capitales financieros de corto plazo. La ganancia rápida de la bicicleta financiera puede inflar reservas “alquiladas”, pero no crea capacidad productiva ni empleo de calidad. Si ese flujo se revierte, deja un agujero: presión cambiaria, tensión sobre reservas y más ajuste real. En términos simples: entra plata especulativa por la puerta grande y puede salir por la ventana en estampida.
El problema de fondo es estructural. Cuando producir rinde menos que hacer tasa, se castiga la inversión real. Cuando endeudarse afuera para arbitrar tasas adentro parece más rentable que fabricar, exportar o innovar, la economía se desacopla del trabajo y del valor agregado. Ese es el sendero de la fragilidad: crecimiento financiero sin desarrollo productivo.
Por eso, la discusión no es solo Caputo sí o no, ni un nombre propio de turno. La discusión es si Argentina vuelve a un patrón conocido: inflación subestimada, deuda creciente, euforia financiera transitoria y posterior corrección traumática. Tigani lo resume con crudeza: así no hay estabilidad sostenible; hay tiempo comprado.
Y aquí aparece la dimensión social más dura. Cada punto “dibujado” en inflación no es una abstracción: es un plato menos en la mesa, un medicamento postergado, una cuota que no se paga. La contabilidad creativa puede mejorar una planilla por un mes, pero agrava la calle por años. En economía real, la verdad siempre termina imponiéndose.
La salida exige tres cosas básicas:
- Estadísticas creíbles e independientes, sin interferencia política.
- Programa macro coherente, que no dependa del carry trade como muleta permanente.
- Agenda productiva federal, para que la rentabilidad vuelva al trabajo y no a la timba.
Sin eso, la promesa de estabilización se convierte en una trampa: calma de superficie, tensión de fondo. Y cuando la verdad estadística se quiebra, lo que explota no es solo un número: explota la confianza, que es el activo más escaso de la Argentina.
