Perico Noticias // Estados Unidos acaba de volver a decir en voz alta lo que durante décadas insinuó con operaciones, sanciones y “transiciones” administradas desde afuera: el poder manda y el derecho internacional se adapta. Después de la acción militar en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, Donald Trump no se quedó en la foto del operativo: anunció que su país “gobernará” Venezuela hasta que haya una transición “pacífica”. Es decir: tutela externa con uniforme, un regreso sin maquillaje a la lógica del patio trasero.
El guion es conocido: se invoca “seguridad”, “narcotráfico”, “amenazas ofensivas”, y se clausura el debate sobre soberanía con una frase que suena a doctrina y no a diplomacia. En la práctica, esto reinstala una discusión brutal: ¿quién decide el destino de un Estado latinoamericano cuando a Washington le conviene?
El dato incómodo: también hay críticas dentro de EE. UU.
Lo más relevante no es solo la reacción de gobiernos alineados o adversarios geopolíticos. Lo verdaderamente explosivo es que adentro de Estados Unidos aparecieron cuestionamientos que tocan el nervio legal y moral.
- Senadores demócratas advirtieron que la administración no presentó una “justificación legal legítima” para los ataques previos y denunciaron la idea de usar a las Fuerzas Armadas como cazadores de personas “sin juicio”.
- Incluso desde el Partido Republicano surgieron críticas: el senador Rand Paul cuestionó el alcance de esas pretensiones de “poderes de guerra” del Ejecutivo.
- Y el jefe de Derechos Humanos de la ONU, Volker Türk, pidió investigar y reclamó detener ataques que puedan derivar en muertes extrajudiciales.
Ese triple señalamiento (Congreso, republicanos, ONU) desnuda el punto central: cuando la hegemonía se acelera, el Estado de Derecho se vuelve opcional. Y eso no es un detalle técnico: es el tipo de precedente que después se exporta.
Soberanía vs. “orden”: el nuevo nombre de la vieja Doctrina Monroe
La Doctrina Monroe siempre funcionó como una frase elegante para decir “acá mandamos nosotros”. Cuando Trump verbaliza que EE. UU. “gobernará” Venezuela, el subtexto es nítido: la región no es un conjunto de naciones soberanas, sino una zona de administración estratégica.
Rusia, por ejemplo, condenó el ataque como “agresión armada” y pidió evitar la intervención militar extranjera, subrayando que América Latina debe ser “zona de paz”.
Venezuela, por su parte, pidió una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU.
Podrá gustar o no el régimen venezolano, pero la pregunta es otra: ¿qué legitimidad tiene una potencia para rediseñar gobiernos por la vía militar y luego administrar el país “hasta nuevo aviso”? Ahí se rompe el piso moral del sistema internacional.
La consecuencia real: mercados, energía, inversiones y una región disciplinada por miedo
Cuando una potencia muestra músculo en un país petrolero, no solo cambia Caracas. Cambian los incentivos del continente:
- Los gobiernos “indecisos” aprenden que el margen de autonomía se reduce.
- Los socios extra-regionales (China, Rusia, Irán) recalculan riesgos.
- Las inversiones se vuelven más volátiles, porque el riesgo país ya no es solo económico: es geopolítico-militar.
- La región entra en modo “prudencia forzada”: alinearse o quedar expuesto.
Para Argentina esto es un dilema de hierro: si el mundo entra en lógica de bloques, el margen para jugar a dos puntas se achica. Y si el alineamiento se convierte en exigencia (comercial, financiera y energética), el costo se paga en el territorio: tarifas, combustibles, logística, tasas de interés, y exportaciones condicionadas.
La conclusión: hegemonía sin ética es dominación, y la dominación siempre factura
La retórica de “transición pacífica” puede sonar amable, pero si viene precedida por bombardeos y captura extraterritorial, lo que queda es una doctrina de hecho: primero la fuerza, después el relato.
Si el siglo XXI iba a ser el de la multipolaridad negociada, este episodio amenaza con inaugurar otra cosa: la multipolaridad armada, donde la soberanía vale lo que valen tus alianzas… o tus recursos naturales.
Y ahí está la verdadera advertencia para América Latina: cuando la hegemonía se impone por encima de la soberanía, la democracia deja de ser un principio y pasa a ser un permiso.
