Perico Noticias, 16 de febrero del 2026 // El programa económico muestra indicadores de estabilización parcial, pero en la calle crecen la fatiga social, el consumo defensivo y la percepción de estancamiento. Si no se corrigen los desequilibrios productivos, de ingresos y de financiamiento, la tensión cambiaria volverá a escena y el costo lo pagará otra vez la mayoría.
La discusión pública entró en una fase peligrosa: se celebra la foto nominal y se esconde la película real. La inflación bajó respecto del pico extremo de 2023, sí, pero dejó de caer con la velocidad prometida y volvió a mostrar una inercia que golpea alimentos, servicios y transporte. El propio dato oficial marcó en noviembre 2025 un 2,5% mensual, con subas fuertes en vivienda/servicios públicos y transporte, rubros que pesan cada vez más en los hogares trabajadores.
El problema no es solo monetario: es estructural, logístico, productivo y social. Cuando faltan rutas en condiciones, crédito razonable para pymes, inversión en capacidad productiva y empleo de calidad, el costo sube por cadena y termina en góndola. A eso se suma una matriz impositiva distorsiva y tarifas que empujan sobre costos fijos. Resultado: se enfría la actividad, pero no se apaga la remarcación defensiva. Ese combo —recesión con inflación resistente— es el peor escenario para la clase media y los informales.
La recaudación, además, viene dando señales de fatiga real, lo que comprime caja nacional y provincial en simultáneo. Con menos margen fiscal, más compromisos corrientes y crédito externo todavía caro para Argentina, la gestión se vuelve de supervivencia trimestral y no de desarrollo estratégico. En ese esquema, se patean pagos, se demoran obras y se recorta donde más duele: infraestructura, economía local y política social inteligente. En términos de gobernanza, eso erosiona legitimidad.
En paralelo, el frente financiero no está “resuelto”: está administrado al límite. La estrategia de sostener anclas con instrumentos de corto plazo puede funcionar mientras haya flujo y confianza; cuando una de esas dos variables se contrae, la tensión se traslada a expectativas, tasa, dólar y precios. El riesgo país siguió en niveles altos para estándares de normalidad, lo que restringe fondeo largo y barato. Sin financiamiento de calidad ni plan productivo federal, la estabilidad queda atada a factores frágiles.
Por eso, hablar de “inflación cero” como horizonte inmediato no es realista para una economía con precios relativos aún en reacomodamiento, tarifas pendientes y heterogeneidad productiva fuerte. Incluso el calendario estadístico y los informes oficiales muestran que los datos relevantes siguen siendo monitoreados mes a mes porque la dinámica está abierta, no cerrada. (Indec) La política económica necesita menos eslogan y más arquitectura: productividad, competencia real, infraestructura, formación técnica y salarios con recuperación sostenible.
La salida no es negar la crisis ni romantizar el ajuste eterno. Es construir un acuerdo de transición con tres ejes: estabilidad macro creíble, agenda de oferta para bajar costos estructurales y recomposición de ingresos ligada a productividad y empleo formal. Si ese triángulo no aparece, la “paz cambiaria” será transitoria y el malestar social seguirá escalando. Ya no alcanza con administrar la escasez: hay que diseñar crecimiento con inclusión, o la economía volverá a entrar en modo choque.
