Perico Noticias // Cuando el gobierno de Mark Carney ordenó la inspección minuciosa de cada camión estadounidense en la frontera, el mensaje oficial fue de soberanía y seguridad. Pero la verdadera declaración, más profunda y resonante, fue económica y sistémica. Canadá no solo estaba respondiendo a una provocación política; estaba ejerciendo una presión deliberada sobre el punto más vulnerable de la economía norteamericana: la ilusión de una cadena de suministro sin fricciones.
Este episodio trasciende por completo la retórica de “ley y orden” o las personalidades de Trump y Carney. Lo que estamos presenciando es la exposición cruda de una fragilidad estructural diseñada durante décadas. El comercio transfronterizo moderno, optimizado obsesivamente para la velocidad y el beneficio corporativo bajo el dogma “justo a tiempo”, se construyó sobre una premisa peligrosa: que la cooperación política sería perpetua y que la función estatal de control e inspección sería un mero trámite a eliminar. Al reintroducir la fricción más básica —la inspección física—, Canadá no ha creado un problema; ha revelado uno existente.
La consecuencia inmediata es un colapso en cascada de una eficiencia artificial. Las filas de camiones no son un espectáculo político; son el síntoma de un sistema que priorizó los márgenes de ganancia sobre la resiliencia. Los verdaderos pagadores de esta “guerra económica de baja intensidad” no son los ejecutivos ni los accionistas, que externalizan el riesgo, sino los trabajadores que esperan sin pago, los pequeños proveedores que incumplen contratos y los consumidores que enfrentan escasez y precios inflados. Esta es la verdadera asimetría del poder: el capital se diversifica, el trabajo absorbe el impacto.
La medida canadiense es, en esencia, una lección magistral de geopolítica económica. Demuestra que en un mundo hiperconectado, el poder no reside solo en aranceles o sanciones, sino en el control de los flujos. Al apuntar a la velocidad —el oxígeno del sistema justo a tiempo—, Ottawa ha utilizado un arma más precisa y desestabilizadora que cualquier tarifa. Ha dejado claro que si la retórica de Washington va a tratar el comercio como un campo de batalla, Canadá puede convertir la infraestructura logística en el teatro de operaciones.
Este momento es una advertencia luminosa para toda América. Pone bajo riesgo no solo a Canadá, sino la misma arquitectura del dominio económico que Estados Unidos ha pretendido ejercer en el continente. Revela que el proyecto de integración comercial basado en la desregulación extrema es incompatible con la volatilidad política. Muestra que cuando el Estado desmonta su capacidad de control para servir a la eficiencia corporativa, se vuelve increíblemente vulnerable cuando ese control necesita ser reinstaurado.
Más allá de la coyuntura, la “frontera dura” canadiense nos obliga a una pregunta incómoda: ¿por qué un sistema económico supuestamente avanzado se quiebra ante el cumplimiento básico de las funciones soberanas? La respuesta apunta a una elección política, no técnica: se sacrificó la resiliencia pública en el altar de la rentabilidad privada. Lo que parece una crisis logística es, en el fondo, una crisis de un modelo que confundió la eliminación de fricciones con el progreso, y que ahora descubre, de la manera más abrupta, que la soberanía y el control —cuando se ejercen— tienen un poder disruptivo imbatible. La lección es clara: puedes diseñar una economía para la velocidad, pero si no la diseñas para la realidad del conflicto político, estás construyendo sobre arena.
