Leviatán en modo CEO: Trump toma el tablero y el “orden internacional” queda en vitrina

Leviatán en modo CEO: Trump toma el tablero y el “orden internacional” queda en vitrina

Perico Noticias, 10 de enero del 2026 // Hay momentos en los que la geopolítica deja de hablar en abstracto y se vuelve caja registradora. El anuncio atribuido al secretario de Energía de EE.UU., Chris Wright, sobre un control “indefinido” de la comercialización del crudo venezolano —con depósitos en cuentas controladas por Washington— no es sólo una medida energética: es una reescritura del manual de comercio global desde la lógica del poder. La frase “venderemos la producción” funciona como cláusula de mando. Y cuando el mando se formaliza en conferencias con banca de inversión y no en foros multilaterales, el mundo entiende el giro: pasamos del “rules-based order” al “deal-based order”. Los mercados se adaptan rápido; las democracias, no tanto. Para América Latina, el punto crítico no es Venezuela: es la naturalización de que un recurso estratégico puede ser administrado por un tercero “hasta nuevo aviso”.

En ese mismo clima, la dimensión coercitiva deja de estar maquillada. La incautación en el Atlántico Norte de un petrolero con bandera rusa —vinculado al circuito de exportaciones sancionadas desde Venezuela— muestra que la cadena logística también entra en disputa: rutas, seguros, banderas, puertos, financiamiento y custodia militar. No es un detalle técnico: es la conversión del enforcement en política exterior cotidiana. Si además el episodio involucra escoltas y semanas de persecución, el mensaje de disuasión se multiplica: quien intente “puentear” el bloqueo paga costo reputacional y operativo. Para el comercio global esto introduce prima de riesgo: fletes, cobertura y financiamiento se encarecen cuando la frontera entre sanción y captura se vuelve difusa. Y cuando el riesgo sube, el margen se achica… salvo para el actor que controla la llave.

Europa, mientras tanto, está obligada a mirar el fenómeno con una mezcla de temor y pragmatismo: si el hegemón redefine reglas en el Caribe, ¿por qué respetaría sensibilidades en el Ártico? La discusión sobre Groenlandia —con retórica de compra, presión y hasta insinuaciones de fuerza— no es un exabrupto aislado: es la misma doctrina aplicada a otro activo estratégico (territorio, rutas, minerales). Ahí se desnuda el punto más áspero: la OTAN y la arquitectura de seguridad colectiva quedan tensionadas cuando el socio principal juega unilateral. En términos de negocio-país, esto tiene un efecto inmediato: los aliados recalculan su dependencia, pero no encuentran sustituto. En términos de política, se consolida una verdad incómoda: el poder no “vaticina”, condiciona; y si hay resistencia, aumenta la apuesta.

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Por eso, la narrativa de “instituciones como piezas de museo” no es una metáfora exagerada: es una advertencia sobre eficacia. La Carta de la ONU prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o independencia política de los Estados; esa es la base del derecho internacional contemporáneo. Pero el derecho, sin capacidad de cumplimiento, se vuelve un marco moral más que un freno real. Lo mismo ocurre en comercio: la OMC lleva años con su mecanismo de apelación paralizado, debilitando la resolución de disputas. En ese vacío, el que tiene músculo impone estándar: sanciona, bloquea, captura, aranceliza, y luego argumenta. El mundo no se “desordena”: se reordena bajo otra métrica, donde la autoridad es equivalente a capacidad de ejecución.

Mirado desde Argentina, el golpe es doble. Primero, por alineamiento: cuando un país se declara socio incondicional del hegemón, compra expectativas… pero también se somete a la lógica del contrato, no de la solidaridad. Segundo, por fragilidad financiera: si para cubrir vencimientos relevantes se negocian préstamos puente con bancos privados para no erosionar reservas, el margen de autonomía es limitado. No es un juicio moral, es un dato de tablero: el endeudado juega con reloj ajeno. En ese contexto, indignarse por la “intervención” de otros se vuelve discursivamente costoso, porque en la economía diaria el ciudadano ya vive un régimen de prioridad absoluta: pagar. Y cuando la vida social se organiza alrededor de deudas, tasas y tarifazos, la soberanía deja de sentirse como bandera: se siente como cuota.

Desde el NOA —y Jujuy en particular— el nuevo orden también se lee en clave de activos: minerales críticos, energía, logística bioceánica y frontera. En tiempos de supervivencia fiscal, las provincias son empujadas a “monetizar” lo que tienen: minería, litio, parques industriales, servicios. El problema es que, sin un diseño distributivo serio, la provincia puede crecer en exportaciones y achicarse socialmente. Ahí está el riesgo político mayor: confundir “crecimiento” con “derrame automático”. En el mundo Leviatán, el capital llega si hay seguridad jurídica y retorno; el pueblo sostiene si hay justicia social y horizonte. Si esa ecuación no cierra, la gobernabilidad se encarece. Por eso, la pregunta estratégica para Argentina y el NOA no es “¿imperio o antiimperio?”; es más cruda: ¿cómo blindamos interés nacional y cohesión social en un mercado global donde manda el que ejecuta?

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