“Maquiavelo no murió: cambió de traje y ahora gobierna con cámara 4K”

“Maquiavelo no murió: cambió de traje y ahora gobierna con cámara 4K”

Perico Noticias, 23 de enero del 2026 // La frase “Maquiavelo ha muerto”, pronunciada por Javier Milei en Davos, busca instalar una ruptura: la política tradicional —la del acuerdo opaco, el operador, el toma y daca— quedaría cancelada por un tiempo nuevo, de transparencia forzada y auditoría social permanente. La tesis tiene potencia narrativa y funciona como bandera: si todo se filma, si todo se filtra, si todo queda en redes, entonces la vieja ingeniería del engaño pierde rentabilidad.

Pero confundir exposición con transparencia es un error de diagnóstico. Las redes no matan la manipulación: la hacen más eficiente. En lugar de la rosca de café, aparece la microsegmentación; en vez del pacto a puertas cerradas, la administración del escándalo; y en lugar de un “operador”, un ecosistema de influencers, trolls y consultoras de reputación. Cambia el canal, no la lógica: se gestiona percepción, se regula agenda, se instala sentido común.

El propio Maquiavelo, lejos de ser un manual de villanía escolar, describía un punto incómodo: en política, la apariencia pesa y el resultado ordena el juicio público. Dicho en criollo: importa lo que la gente ve y lo que cree que pasó, incluso más que la motivación real. Esa arquitectura no se derrumba con TikTok; se potencia.

Por eso también hay voces que discuten la sentencia de Milei: sostienen que Maquiavelo sigue vivo porque el poder sigue necesitando administrar conflicto, construir obediencia y controlar costos. Lo “nuevo” no sería el fin de la política, sino un cambio de herramientas: la estrategia hoy se escribe con datos, marketing y psicología social, pero el objetivo es idéntico—mandar, sostenerse, disciplinar, expandirse.

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Entonces, ¿murió la política “tal cual la conocemos”? En parte sí: se achicó el margen para el acuerdo silencioso y creció el riesgo reputacional. Pero el vacío lo llena otra cosa: política performática, donde el golpe de efecto reemplaza al diseño institucional; donde la indignación es combustible; y donde el enemigo es un recurso de fidelización. En ese esquema, “anti-Maquiavelo” puede terminar siendo un Maquiavelo más sofisticado: menos despacho, más escenario.

La hipótesis más realista es esta: Maquiavelo no muere; muta. Pasa de la conspiración artesanal a la gobernanza del algoritmo. La política no se extingue: se reconfigura como industria de la atención, con métricas, embudos de conversión y una guerra permanente por captar emociones. El “príncipe” moderno no sólo administra Estado: administra timelines.

Y para el NOA —que siempre paga caro cuando Buenos Aires juega ajedrez con el país— esta discusión no es filosófica: es operativa. Si la política se vuelve puro show, las economías regionales quedan sin agenda, sin inversión y sin previsibilidad. Si en cambio se asume que el poder sigue siendo poder (con o sin Maquiavelo), entonces la región necesita institucionalidad, planificación y capacidad de negociación inteligente: menos relato importado y más estrategia territorial.

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