Maravillosamente la masiva protesta del #8A fue un logro increíble.

 Maravillosamente la masiva protesta del #8A fue un logro increíble.

Por supuesto que no fue el #8N, que por ahora resulta irrepetible. Sin embargo, fue importante porque fue espontáneo, militante, dinámico. No es la masa clientelar que asiste por los salarios u otros beneficios que percibe del Estado que financiamos todos con impuestos injustos e inmorales. Y es gente de ideales que arrancan de la verdadera movilidad social, no la que surge de la prebenda; de la auténtica democracia, no la ramplona idea del amigo/enemigo; de la libertad de expresión real, no la de la legislación represiva para vengarse de su ex socio Grupo Clarín; de la de alguna meritocracia indispensable para administrar con inteligencia los recursos de todos: conceptos tan básicos que, sin embargo, trazan una abismal diferencia con el Frente para la Victoria en decadencia, deberían considerarlo Sergio Massa y su gente del aún incierto Frente Renovador.

Por EL CIPAYO
Maravillosamente la masiva protesta del #8A fue un logro increíble. Decenas de miles de personas salieron a expresarse nuevamente en contra de la corrupción, exigiendo el cambio que se viene reclamando desde hace más de un año.
Las redes sociales en Argentina demostraron una solidez inusitada en su prueba más difícil. Lograron imponer una protesta que incomodaba a muchos, y no solo a oficialistas. Y lo hicieron en la adversidad que significa la congoja por una tragedia. Desde el oficialismo y diversos sectores se hizo todo por evitar la protesta y se aprovechó sin ninguna vergüenza el lamentable suceso de Rosario para ello.
Con un discurso que rozó el cinismo, varios sectores políticos y también periodísticos se empecinaron en impulsar la suspensión de la convocatoria por el luto. Una hipocresía supina. El luto no es quedarse en la casa, es por el contrario la expresión de tristeza por una perdida, un signo exterior de pena. Sin embargo, el kirchnerismo y algunos opositores encontraron en el luto la excusa perfecta para escaparse de lo que de todas formas sería inevitable: que cualquier acto de campaña se viera reducido a una reunión escolar frente a una ciudadanía movilizada que mira más allá de los mezquinos intereses partidarios y cuya movilización se originó precisamente en la falta de representatividad de la dirigencia política.
Frente al sofismo militante que pretendía equiparar un cierre de campaña (que no es más que una fiesta partidaria) con una protesta ciudadana en la que participan miles de ciudadanos exigiendo un país mejor (muchos de los cuales han sufrido perdidas por la inseguridad y la corrupción), la verdad se impuso a sí misma: decenas de miles salieron a la calle sin micros, sin incentivos, sin banderas partidarias. Ningún partido político ha logrado nada parecido.
Los medios de prensa no la apoyaron, los políticos la desalentaron, la cibermilitancia rentada se empecinó en frenarla. Pese a TODO eso, la marcha prevaleció.
El 8 de agosto ha sido la más interesante de las pruebas para la nueva democracia. Ha quedado probado que la ciudadanía organizada en las redes sociales es capaz de movilizarse por sí misma, y que la clase política esta muy muy lejos aún de la gente.
Nosotros, los ciudadanos hemos probado también que solo el surgimiento de una nueva dirigencia puede llevar al cambio.
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