Perico Noticias, 10 de febrero del 2026 // Las encuestas ya registran un quiebre de clima social: cae la satisfacción con el Gobierno, sube el rechazo y se erosiona la tolerancia al sacrificio sin horizonte. Con recesión, consumo planchado, tensión laboral y escándalos de corrupción en agenda, la administración nacional enfrenta su prueba más dura: aceptar que el problema ya no es “comunicar mejor”, sino corregir el rumbo antes de que la crisis se transforme en ingobernabilidad económica y política.
La política argentina volvió a entrar en zona de riesgo. No por un solo indicador, sino por la convergencia de variables críticas: fatiga social por ajuste prolongado, empleo frágil, caída del poder adquisitivo, provincias financieramente asfixiadas y una secuencia de denuncias que reinstalan la corrupción como preocupación central. Ese combo empieza a perforar el principal activo de Javier Milei: la paciencia social frente al costo del programa.
Los sondeos que circulan en el sistema político y mediático —incluidos estudios de la Universidad de San Andrés y mediciones privadas como AtlasIntel, Poliarquía y otras consultoras— vienen mostrando una tendencia: descenso de satisfacción/aprobación y crecimiento del malestar, incluso en segmentos que acompañaron al oficialismo en 2023-2025.
No es un dato menor: cuando cae la expectativa de mejora futura, la legitimidad del ajuste se licúa más rápido que la inflación.
A esto se suma la capa institucional: el frente judicial y las causas sensibles (incluidas las vinculadas a ANDIS, según cobertura periodística y seguimiento político) tensionan la narrativa moral del Gobierno. En paralelo, la economía real no logra traducir disciplina fiscal en alivio cotidiano para la mayoría. El consumo masivo sigue bajo presión, las economías regionales no despegan al ritmo prometido y la cadena de pagos en distritos subnacionales muestra señales de estrés.
El oficialismo insiste en que la reforma laboral será llave de empleo. El problema es que, sin crecimiento sostenido, crédito productivo y costo país competitivo, una reforma por sí sola no crea puestos de calidad: puede, en cambio, abaratar desvinculaciones y profundizar precariedad. En una economía cara en dólares para producir, el inversor mira estabilidad macro, infraestructura, reglas y demanda. Si esas cuatro piezas no cierran, la inversión no llega por decreto.
También es un error estratégico sobredimensionar el “ancla externa”. El respaldo internacional ayuda, pero no sustituye gobernabilidad interna. La experiencia comparada muestra que ningún aliado extranjero define la política doméstica argentina en forma permanente. El pragmatismo geopolítico opera así: cada potencia negocia con el gobierno que los votos ponen, no con el que una narrativa desea.
La señal más relevante hoy no es ideológica; es de gestión: si el Gobierno no corrige secuencia, tiempos y prioridades, la recesión puede convertirse en crisis de representación. Y cuando eso pasa, la oposición —hoy dispersa y cognitivamente lenta en su respuesta— no necesita ser brillante: le alcanza con esperar.
Argentina todavía está a tiempo de evitar el abismo evitable. Pero para eso hacen falta tres virajes concretos:
- programa antiinflacionario con protección real del ingreso formal e informal;
- pacto federal de emergencia para sostener provincias y servicios críticos;
- hoja de ruta laboral-productiva que priorice empleo registrado nuevo, no licuación de derechos existentes.
La sociedad ya hizo una parte del esfuerzo. Ahora exige resultados, no relato. Y ese crédito político, como cualquier crédito, tiene vencimiento.
