Perico Noticias, 15 de enero del 2026 // Hay un error de origen que explica la distancia creciente entre gobiernos locales y vecinos: muchos municipios siguen operando como si el Estado fuera una oficina de trámites, y no una plataforma de desarrollo. Ese “modelo siglo XX” se nota en todo: decisiones hiperconcentradas en una sola firma, concejos deliberantes que discuten expedientes como si fueran el mundo, áreas que se pisan entre sí y una cultura de “cumplir horarios” en vez de cumplir resultados. En ese esquema, lo único que se administra bien es la escasez.
Perico es un caso testigo de una patología extendida: la idea de que “por un solo hombre” (el intendente) pasan las soluciones para todos. Eso no es conducción: es cuello de botella institucional. Y cuando la gestión, además, se sostiene con prácticas opacas o señales de oscurantismo, la confianza social no se erosiona: se derrumba. El contribuyente no pide milagros; pide lógica: empleo, seguridad, servicios, salud, educación, obras con criterio y cuentas claras. Cuando no hay respuesta, la ciudadanía entiende lo esencial: no es falta de recursos, es falta de arquitectura y capacidad.
La paradoja es que la autonomía municipal existe como mandato político-institucional: la Constitución Nacional obliga a las provincias a asegurar la autonomía municipal en lo institucional, político, administrativo, económico y financiero. Sin embargo, en la práctica, muchos municipios renuncian a ejercerla: no diseñan capacidades, no profesionalizan mandos, no construyen sistemas de datos, no trazan metas medibles y terminan actuando como “delegaciones” sin estrategia, dependientes y reactivos. Concejales y funcionarios quedan atrapados en un ritual burocrático que no produce bienestar.
El problema no es solo moral; es cognitivo. Mario Ishii lo dijo sin eufemismos cuando reclamó cambiar la “matriz” porque el modelo ya no responde a lo social, productivo y tecnológico del presente. Trasladado al plano municipal: si la gestión local no actualiza su matriz, no puede competir por inversiones, no puede ordenar suelo, no puede prevenir inseguridad, no puede sostener servicios y no puede cuidar el tejido social. Por eso la gente “les da la espalda”: no por moda, por supervivencia.
¿La salida? No es maquillaje comunicacional: es reingeniería del Estado local. Un municipio del siglo XXI debería, como mínimo:
- Presupuesto por resultados (metas, plazos, responsables y auditoría pública).
- Trazabilidad total del gasto (tablero online, compras abiertas, obra pública con seguimiento).
- Carrera municipal y perfiles técnicos (idoneidad real; cada área con métricas y evaluación).
- Autonomía productiva: compras públicas que impulsen proveedores locales, incubación de empleo joven, acuerdos con privados, y una agenda de cadenas de valor (agro, turismo, servicios, energía, logística).
- Modelo distributivo verificable: programas sociales y comunitarios con métricas, georreferencia y seguimiento, para que la ayuda sea inversión social y no clientelismo.
Si la política local insiste en memorándums que desordenan funciones, en organigramas que no resuelven y en un concejo deliberante sin músculo técnico, no está “gobernando”: está ocupando espacio. Y en tiempos duros, la sociedad deja de tolerar ocupación. Exige conducción moderna, control público y un Estado municipal que produzca riqueza local y la distribuya con justicia y evidencia.
