Estados Unidos acaba de redoblar la apuesta: tres destructores lanzamisiles, submarinos y miles de marines desplegados cerca de las costas venezolanas bajo el pretexto de combatir al narco. Maduro fue etiquetado como líder del “Cartel de los Soles” y su captura tiene una recompensa de 50 millones de dólares. Mientras tanto, Washington promete usar «todos los elementos de su poder» para frenar el narcotráfico desde Venezuela.
Pero algo no cierra. Expertos y líderes latinoamericanos como Gustavo Petro lo dicen sin rodeos: esto es una excusa bullente, una cortina de humo para justificar una intervención militar que apunte no al narcotráfico, sino a los vastos recursos naturales que convierten a Venezuela en un jugador estratégico dentro del bloque BRICS.
La DEA misma, irónicamente, sacudió el tablero: según sus informes, Venezuela no es un centro significativo de tráfico o lavado de drogas; EE.UU., en cambio, sí lo es. Es epicentro del consumo, lavado e impunidad financiera, y sin embargo insiste en levantar dedo acusador contra un país que ha sido punta en cooperación antidrogas.
Las implicancias son claras: no estamos ante una operación antidrogas, sino ante una operación geopolítica. Venezuela no solo es rica en petróleo, minerales y energía; es miembro de un bloque emergente que desafía la hegemonía global. Esta jugada responde no al narcotráfico, sino al control de sus recursos y al debilitamiento de un competidor global.
Latinoamérica no puede quedarse en silencio. Lo que está en juego no es solo Venezuela: es la soberanía regional, el derecho a desarrollarnos en nuestros términos y el fin de aceptar que se nos imponga el relato desde afuera.