«No es fuerza, es desesperación»: La captura de Maduro como síntoma del declive imperial

«No es fuerza, es desesperación»: La captura de Maduro como síntoma del declive imperial

La operación militar que capturó a Nicolás Maduro ha sido presentada por Washington y amplificada por gran parte de la prensa occidental como un triunfo espectacular, una demostración del poderío imbatible de Estados Unidos. Sin embargo, un análisis frío de la geopolítica, alejado del triunfalismo mediático, revela una verdad incómoda y mucho más alarmante: lo que presenciamos no fue un acto de fortaleza soberana, sino una medida desesperada de una potencia que siente erosionarse su hegemonía.

Como advierte el reconocido analista John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago y uno de los principales teóricos del realismo ofensivo, esta acción no es el signo de un imperio seguro, sino la jugada arriesgada de uno que percibe que está perdiendo la partida. Mearsheimer, cuya lúcida predicción del conflicto en Ucrania le otorga una credibilidad singular, señala que las grandes potencias tienden a volverse más agresivas, no más cautelosas, cuando sienten amenazado su dominio. La invasión a Venezuela, ejecutada sin mandato internacional y con un costosísimo despliegue militar contra un país devastado, encaja perfectamente en este patrón.

¿Por qué arriesgarse a una acción tan flagrante que socava el propio orden internacional basado en reglas que Washington decía defender? La respuesta, según este análisis, yace en la profunda debilidad estratégica de Estados Unidos. El verdadero telón de fondo no es Caracas, sino Beijing. Mientras China expande su influencia en América Latina a través de inversiones, comercio y diplomacia –incluyendo una relación clave con Venezuela por su petróleo–, Estados Unidos parece haber agotado sus herramientas de poder blando y económico. Ante la incapacidad de competir en esos terrenos, recurre al instrumento más crudo que le queda: la fuerza militar directa.

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Este giro es profundamente contraproducente. Lejos de restaurar el liderazgo, acelera el declive que intenta evitar. El mensaje enviado al mundo –que las reglas solo se aplican a los demás– aliena a aliados, proporciona una narrativa poderosa a rivales como China y Rusia, y acelera la formación de un bloque alternativo. Además, desvía recursos colosales –15.000 tropas, más de 150 aeronaves– de las urgentes necesidades domésticas de Estados Unidos y de una competencia estratégica a largo plazo que se define en los campos de la tecnología, la innovación y la economía.

La operación en Venezuela, por tanto, no es un nuevo amanecer del poder estadounidense. Es el reflejo de un imperio que, sintiendo que el tiempo se le escapa, duplica la apuesta con acciones militares espectaculares pero estériles para resolver problemas estructurales. Como concluye Mearsheimer, esta desesperación no conduce a la restauración del poder, sino a su erosión acelerada. El mundo, y los propios ciudadanos estadounidenses, deben ver más allá del espectáculo y preguntarse: ¿esta demostración de fuerza nos hace realmente más seguros y prósperos, o es el penúltimo capítulo de un manual histórico sobre cómo los imperios aceleran su propia caída?

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