Perico Noticias, 15 de febrero del 2026 // La CGT eligió pelear un punto menor cuando el núcleo duro de la reforma laboral ya erosionó conquistas históricas. El problema no es solo la ofensiva oficial: también pesa una dirigencia que confundió representación con administración de caja. Si el movimiento obrero quiere volver a ser columna vertebral de un proyecto nacional, necesita coraje político, autocrítica y una agenda de empleo del siglo XXI.
La escena es brutal por su claridad: se anuncia paro cuando el corazón de la reforma laboral ya pasó por la picadora. Lo que debía discutirse en la calle, en el Congreso y en cada lugar de trabajo, hoy aparece reducido a una reacción defensiva sobre una consecuencia secundaria. Así, la señal que recibe el trabajador es doblemente amarga: primero le licúan derechos; después le ofrecen una épica tardía, más cerca de la administración del daño que de la conducción de la pelea.
No se trata de negar la necesidad de confrontar medidas regresivas. Se trata de preguntarse por qué la respuesta llegó tarde, fragmentada y sin programa integral. Cuando la política sindical se limita a preservar estructuras, cargos y cuotas, la doctrina se vuelve trámite. Y sin doctrina viva —sin proyecto productivo, sin movilidad social ascendente, sin horizonte de dignidad laboral— el sindicalismo deja de ser herramienta de liberación para convertirse en escribanía de su propia supervivencia.
Desde una tradición peronista auténtica, el trabajo no es un costo a recortar: es el organizador central de la comunidad. No hay justicia social posible con empleo precario, ni soberanía económica con salarios en retroceso, ni comunidad organizada con jóvenes condenados a la informalidad perpetua. El desafío real no era —ni es— custodiar privilegios corporativos; era construir una salida nacional que combine derechos modernos, productividad, formación tecnológica y empleo de calidad en cada provincia.
La Argentina que viene exige una renovación profunda del movimiento obrero: menos liturgia de aparato y más representación real. Menos negociación de cúpulas y más contrato social con pymes, cooperativas, economía popular, industria del conocimiento y producción federal. Defender convenios no alcanza si no se crea trabajo nuevo; resistir reformas no alcanza si no se disputa un modelo de desarrollo. La pregunta ya no es si hay paro: la pregunta es para qué país se para y con qué programa se vuelve a avanzar.
La hora reclama coraje histórico. Si el peronismo quiere recuperar centralidad, debe volver a hablarle al laburante que madruga, a la madre que sostiene el hogar, al joven que encadena changas, al técnico que estudia de noche y al pequeño empresario que produce bajo presión. La bandera es clara: trabajo con derechos, innovación con inclusión, productividad con distribución. Lo demás —la rosca sin pueblo, la caja sin doctrina, la épica sin transformación— es apenas ruido de un tiempo que se agota.
